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ÁDÍCIÓNBS A LA l"RIMITIVA RBOLA y CAUSAS QUB LA MOTIVARON 187 fanaron las sanas costumbr~s de nuestro pueblo, entregado locamente a ellas, minando el imperio español , que se bamboleaba con los primeros chispazos de la independencia de sus colonias. Estos son. los males que hay que curar, estos los nuevos enemigos· contra quienes ha de debelar fray Diego , cuya presencia no podrán resistir sus adversarios ni mucho menos a su palabra, glaudius bis acutus, cuchi– llo de dos fjlos, que traspasará los sentidos del cuerpo, el corazón y las potencias del alma . Las nunca abatidas armas, que esgrimirá en la pelea, no serán otras sustancialmente, que las mismas de la primitiva Regla y las que él forjó en Estepona con sus Adiciones; Profesión de fe católica; confesión ger.eral para desnudarse del hombre viejo y vestirse del nuevo, según Dios; vida conforme al espíritu de Jesucristo, imitándolo en sus virtudes; renuncia a las pompas y vanidades del mundo; fuga de las diversiones pecaminosas; obediencia y sumisión a los prelados; corte de todo pleito con la reconci – liación de las partes; caridad fraterna cual con:esponde a los miembros de un cuerpo, cuya cabeza es Jesucristo; limosnas con sacrificio, hasta pedir– la con humildad para los pobres; penitencia pública por las faltas pública– .mente cometidas; reparación a Jesús sacramentado en los mismos días y horas de las públicas diversiones en que se le ofende; frecuencia de la Sa~ grada Comunión, obligatoria la mensual , con la pureza de vida del que es templo de Dios; pero ¿a qué seguir.. . ? Es todo un programa contra la re– volución, que tiene sabor de la Escuela de Cristo cuando ordena los de– sagTavios en las horas de profanidades; reminiscencia de la tercera Orden franciscana cuando establece la austeridad de vida , la paz cristiana, corte caritativo en los pleitos, comunión mensual e imitación perfecta de Jesu– ·cristo; y hasta pudiera decirse que el estilo dulce y emotivo con que están escritos esos capítulos, esnrnltados con máximas del evangelio, recuerda muy a lo vivo el de las seráficas,Constituciones de la Orden capuchina. Además, fijémonos en aquella fulminante y aleccionadora antítesis que dibuja fray Diego entre la suerte postrera desdichada de los que obraron mal en vida, y la dichosa de aquellos otros que se sujetaron a las normas · de sus Adiciones. ¡Cuadro aterrador, díptico de agua fuerte, que hiere los sentidos y penetriren lo más recóndito del alma para hacerla huir del pe– cado y abrazarse con la virtud! Fruto de su primera misión es todo este decálogo, que nos enseña a bien vivir; lo irazó bajo los auspicios y la protección de la Virgen, la Divi– na Mis ionera, para que los cofrades de la Hermandad fuesen dignos cor– deros de tan celestial Pastora, a la que deben honrar y seguir para no errar en los caminos de la salvación. Pero anotémoslo una vez más: lo que hizo fray Dieg·o en Estepóna es un mero trasunto de lo que hará siempre que pueda por el centro y los cuatro ángulos de España; porque esas Consti– tuciones no son ni ní~s rii menos que la continuación del prólogo de su apostolado, cuyo principio vimos en la dedicatoria de Benaocaz.

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