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186 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. La contestación viene inmediatamente a la boca: Para remediar los males de la villa de Eslepona y conservarla en el bien de su conversión. Pero también cabe añadir esta otra respuesta: Para acentuar más y más los perfiles del programa de su misión evangélica, anunciado en el sermón de Benaocaz, como preludio de su gran apostolado por toda España, don– de ha de reñir las más arduas batallas contra los errores de su siglo, ha de curarla de las llagas virulentas de la impiedad y hará reflorecer el espí– ritu cristiano, cual otro Pablo, encarnando a Jesucristo en el corazón de su pueblo mediante las máximas del evangelio y la devoción de la Divina Pas– tora. La dedicatoria del sermón de Benaocaz y las Adiciones a la Regla de la primitiva Hermandad son dos códices gemelos, que se completan y tie– nen un mismo y altísimo fin, que perdurará mientras aliente la vida a fray Diego, a pesar de ser ambos las flores tempranas de su apostolado. Po.r otra · parte, aunque aparezca que el apóstol viene como a enmen– dar la plana al venerable padre Isidoro, no es así en realidad . .Son dos co– sas diversas, dos apóstoloo con su misión particular, que realizará cada uno en dos tiempo:5 de un mismo siglo, en que la faz de la sociedad espa– ñola aparecía, en uno, con su espíritu de fe y piedad; en otro, manchada con el virus de la irreligión, la rebeldía contra el dogma católico y la de– pravación de las costumbres. Cada momento histórico requería su medici– na conveniente: el maestro y el discípulo la aplicaron según las circuns– tancias. Cuando el padre Isidoro redactó la primitiva Regla en 1703, todavía España conservaba su grandeza imperial y religiosa; el jansenismo con su frialdad impía no había extendido sus tentáculos sobre la nación mariana por excelencia; el pueblo con su rey 'y sus ministros , la grandeza y la inte– lectualidad creían y practicaban la religión, y como en genera 1, todos se acer– célban a los sacramentos, no era necesario el estímulo de una nueva ley para practicarlos. De aquí que se limitara a formular su Regla según el pa– trón de ias Cofradías de gloria, difere-nciándola de estas por sus cultos peculiares a la Divina Pastora, el rezo cotidiano de la corona franciscana, el llevarla siempre en el cuello como señal de esclavitud, el cantarla por las calles en los días festivos, la defensa de la Inmaculada Concepción, etc.; cambiando además la nomenclatura ordinaria por la mística pastoril dada a la Hermandad, apellidándola, con lenguaje bíblico , Rebaño; a sus rectores y oficiales de culto, mayoral y zagales, y a todos sus miembros, corderos místicos, de la grey de María. Con estos y a.tras particulares for– mó el frente necesario para revivir la fe y conservar el espíritu de piedad en todas las clases sociales de su tiempo. Pero desde entonces a la predicación de fray Diego habían pasado se– tenta años, y los últimos veinte, seguidos a la muerte del padre Isidoro, fueron catastróficos, incubadores y viveros de la corrupción e impiedad moderna. El jansenismo se había adentrado en la clase alta de nuestra so– ciedad y el aluvión del enciclopedismo rodó hacia acá por los Pirineos, como alud impetuoso, inoculando su libertinaje y ponzoña a los ministerios y universidades de la nación, sembrando por doquier la relajación, la in– credulidad, la rebelión, las regalías contra el papado , el olvido de los sacramentos y la frivolidad de las modas y diversiones exóticas, que pro-

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