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LA DI VINA PASTOR!, Y EL _BTO. DIEGO J. DE C. terminada en una breve aparición o representación, va dirigida a nuestra enseñanza y escarmiento? Que Abrahám no quisiera permitir al alma del otro rico desdichado que viniese a desengañar a sus hermanos, ¿podrá ser motivo para negar que vino la de Samuel y que vinieron aquellas otras , que refiere san Mateo se aparecieron a muchos en Jerusalén, después de resucitado el Redentor Divino? ¡Oh Dios, que presto nos olvidamos que aun los más desalumbrados herejes han pretendido apoyar sus errores con la Escritura Sagrada! ... «No sé, dulcísima Pastora y madre mía, en qu•é pensamos, cuando fundados en la autoridad de estos críticos nos arrojamos a negar o dudar de una verdad tan afianzada con casi todos los fundamentos de la más só– lida teología. Búsquese un tiempo en que no se haya practicado en la san – ta Iglesia por sus apostólicos operarios el uso de estos ejemplares o his– torias asombrosas para la más fácil reducción de los oyentes , y se verá como no se halla . ¿Acaso no nos refieren muchos de ellos casi todos los santos padres? ¿La luz más clara de la Iglesia, el señor san Agustín, san Jerónimo, san Gregario en .sus Diálogos, san Pedro Damiano, san Juan Damasceno, san Antonino, santa Brígida en sus Revelaciones aprobadas . por el concilio basiliense, y todos o casi todos los santos que han escrito, no traen repetidos pasajes y sucesos de esta clase? ¿La eterna infinita Sa– biduría del Hijo de Dios humanado no confirmó sus sermones tal vez con el ejemplo terrible de un glotón y avariento condenado? ¿Pues es posible que ha de tener más fuerza el dicho de un moderno, o de muchos juntos, que toda la autoridad de los que veneramos por padres de la Iglesia? ¿Ha de preponderar su dictamen al ejemplo y autoridad de Jesucristo? ¿Y es posible que haya quien esto lo siga, lo abrace y lo celebre? ¡Oh, cómo me temo, Reina y Señora mía , sea ésta, nueva astucia del común enemigo , para obligarnos a no creer _ lo que, contra nuestras costumbres , nos predi– can estos desengaños! «Por último, Emperatriz grandiosa de los cielos , en vuestras divinas manol? pongo con el mayor rendimiento este pequeño trabajo, para que, admitiéndolo bajo vuestra protección y amparo, lo defendáis de semejan– tes peligros. Y para que en todos cause el efecto apetecido y se logre el fruto que pretende Dios de los ejemplos, que nos dejan en sus obras sus amigos, dad a estos renglones aquella eficacia, aquel ardor sagrado, que yo con mi tibieza no puedo comunicarle. Haced, dulcísima Reina y Señora mía, que, atraídos todos de la virtud de este vuestro siervo, corramos tras el suave olor de sus ungüentos, para que logrando ser en todo lugar buen olor a Jesucristo, lleguemos a incorporarnos con los dichosos corderillos y espirituales ovejas, que componen la grey de vuestro místico rebaño. «A este fjn, Madre y Pastora mía, os presento este papel, no porque entienda que en ello os hago algún obsequio, sí porque ansioso de vues– tr,a mayor gloria y de publicar por el mundo cuanto os debo, no sé qué hacerme para conseguirlo. Corto es, ya lo veo, este pequeño don que os ofrezco;. pero como es cierto que da mucho quien da todo lo que tiene, y que en la cortedad de dos minutos, o pequeñas monedas que ofrece un pobre , da mucho más que un rico en gruesas cantidades; por eso yo, Reina mía, me atrevo a poner a vuestros pies este papel, en que ciertamente os consagro cuanto tengo y aun cuanto puedo. No va solo y desnudo: con él,
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