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D.EDICATORIA DE f'R, DIEGO A LA DIVINA PASTORA 167 gentílico o judáico, que lo es la arrogante presunción de los griegos, que si no pedían milagros, buscaban, como ellos, sabiduría y elocuencia para su tarda conversión. Confiesan estos críticos ser innegable la existencia de estos dones soberanos, que nos refiere san Pablo en la santa Iglesia; pe1·0 no quieren persuc1dirse se hallan en esta o en aquella determinada persona , dudándolo de todas, para a ninguna concederlo. De donde parece se verán oblig·ados a decir, o que están estas gracias ociosas y precisas en la santa Iglesia , o que se acabó aquel tiempo en ql'le se comunicaba Dios a sus sierv(;)s , concediéndoles estas prerrogativas para beneficio de los otros: lo cual es insufrible desvarío. «Bue1rn , santa y muy debida es la prudente cautela para no creer a to– do espíritu; pero no debe ser menos para no dejarnos llevar de todo vien – to de doctrina, inventada por la astucia de los nombres para inducirnos a su error. No ha de ser motivo, quiero decir, para negar enteramente esta verdad , en que Dios por ostentar su liberalidad y manifestar al mundo los tesoros de su misericordia, quiere así obligarnos a que engrandezcamos y magnifiquemos sus obras en que tanto se complace. No ha de ser motivo, repito, para dar de mano a semejantes historias , por extrañas que parezcan; porque eso fuera o dudar del poder de la divina Omnipotencia, queriéndo– las nivelar por las razones de la humana prudencia y sabiduría, lo cual es error intolerable y necedad manifiesta, o sospechar delcrédito de los auto– res, testigos y aprobantes: y esto (además de tocar en temeridad conoci– da) ni es política, ni es cristiandad ni decente a quien se precia de enten– dido; porque entonces se nos daba ocasión bastante para dudar, a lo me– nos, de todo lo que no es canónico: y esto, ¿quién nq ve que es contra el crédito y la veneración debida a los santos padres y a los más señalados escritores, pues unos y otros han tratado estos asuntos? Y lueg·o, ¿hemos de persuadirnos falte la verdad en la boca de dos o tres testigos que con– vienen entre sí en un dictamen , aunque tal vez por nuestra malicia se haya dado algún ejemplar contra este evangélico principio? Júzguelo el que aten– diere y mirare eslas cosas, según Dios . «De aquí es , que, llevados tal vez del espíritu de esta crítica, en mi en– tender, poco arreglada , pasan .no pocos como a burlarse de la verdad de aquellos terribles escarmientos , que tan frecuentemente proponen en los púlpitos los celosos evangélicos predicadores , para hacernos ver en cabe– za de los muertos lo que espera a la ciega obstinación de muchos vivos. ¿Quién lo ha visto-dicen frecuentemente-cuando sabemos, por testi:no– nio de la Diviné! Escritura , que las c1lmas que van al otro mundo, otra vez no vuelven por acá: Spjrj¡us vadens, et non rediens? (Dsal., 77, 39). Este es todo su arg·umento para excusarse de dar crédito a lo que tanto nos hace despertar del sueño de nuestro olvido; pero en la verdad sinies.__ tramente interpretado; pues, si se debiera así entenderse, como suena, se diera manifiesta contradicción en las Divinas Letras y en las palabras del Espíritu Santo; y por consiguiente estando El mismo contra Sí, se hallara su verdad ya destruida. Y sino , si las almas que van no vuelven , ¿cómo volvió la del hijo de la Sunamitis, cómo volvió la de Lázaro , la del hio de la viuda de Naín, y la de la hija de Jairo, el archisinago– go? ¿Cómo volvió la de la devotísima Tabita, por otro_ nombre Dorcas, que refieren los Hechos Apostólicos? Si volver así a .nueva vida tiene más repugnancia con el alegado texto; ¿por qué no ha d_e concederse la que,

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