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166 LA DÍVINA PASTORA y EL BTÓ . DIEGO J. DÉ é. para esta obrilla, en todo grande , si merece vuestro agrado. No, Reina mía, Pastora dulcísima de mi alma , no debo , ni es decente en mí, solicitar otra protección que la vuestra , otra defensa que la de vuestro poder, ni otra seguridad que la que nace de vuestro patrocinio , bien necesario en estos tiempos para lograrla estos asuntos. Precisa es , Madre y Señora mía, una autoridad tan crecida como la vuestra , para que, honrado con ella este escrito , pueda andar, entre los piadosos , libre de la mordaz cen– sura de los pocos afectos a tratados tan importantes , cristianos y devotos • ( 1) . DARTE SEGUNDA «Sale a luz pública este papel , oh Emperatriz gloriosa de los cielos, en una época tan delicada y temible, que llevados muchos de los hombres de aquella afición a varias y peregrinas doctrinas, que reprueba el apóstol, no reparan en criticar, aun con las más acres invectivas, el tenor o método de las historias de los varones justos, en que suelen ingerirse los comu– nes tratados de milagros, profecías y demás sobrenaturales dones , gra– ciosamente concedidos de la mano del Altísimo; y , como si estos privile– gios y favores no los hubiera en la santa lg-Jesia y no fueran frecuentes , bien que no precisos en los santos, así parece quieren 5uponerlos, cual si fuesen algunas ideas platónicas, jamás al individuo contraidas. «No es esto , Madre mía, lo peor; sino que, apoyando su dictamen con algún pasaje , no legítimamente entendido de la Divina Escritura, quieren acreditar verdad inconcusa , lo que en la realidad es un engaño . No hizo mi– lagros el Bautista, dicen , y fué el mayor de los nacidos en el número de los santos o profetas. Verdad por cierto innegable, pues es artículo de fe; pero poco del caso, cuando sólo prueba no ser preciso en los santos , ge– neralmente hablando, para crédito de su virtud; mas no haberlos obrado san Juan, no ha de S('r regla tan universal que deba a todos aplicarse , puesto que no prueba dejasen de hacerlos Elías , Eliseo, los profetas , los apóstoles y el mismo Jesucristo. Y si estos los vemos referidos en la Sa– grada Historia, que es la norma, guía y ejemplar de nuestros aciertos : ¿por qué ha de ser notado de liviandad el así practicarlo en las vidas de los santos? «Juzgo, Reina y Señora mía, si mal no me entiendo, que huyendo del Escila de un peligro , tropiezan en el Caribdis de otro, no menos arriesga– do escollo. Quieren evitar la nimia imprudente credulidad, y caen en el contrario extremo de una incredulidad mal fundada, tan opuesta a uno de los oficios que asigna san Pablo a la caridad verdadera, ' que los acr edita seguidores de un excepticismo , o , po r mejor decir , pirronismo, que, du– dando en los asuntos todos , vienen a negarlos. Quieren extrañar estas cosas, con el pretexto de que sólo son para los infieles , no para los fieles ; son para los obstinados hebreos, que pedían signos y portentos para su credulidad y reducción, lo cual es error crasísimo y detestable para el cris– tiano verdadero; mas no reparan no ser menos reprensible este abuso 1. O. c., pp. 3-6.

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