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164 LA DIViNA PASTORA Y BL BTO. DIBÓO J. DE C. tonos tan subidos y arrebatadores, ni desgranará en idílicos filiales re– quiebros la sarta de loores y encomios con que aquí se desborda su pluma para desahogar los fuertes y dulcísimos sentimientos que la aprisionaban . Lo hizo una sola vez, y ésta, para la santísima Virgen, en su oficio y traje pastoriles. En la segunda parte , cambia de estilo: en monólogo reflexivo y pau– sado presenta a la Reina del cielo el panorama de la incredulidad moderna ; quéjase de la estulticia de los que niegan el milagro y los confuta y reargu- , ye con la serenidad y sabiduría del más ecuánime profesor. Es novel en el ministerio y aparece ya cual maestro y misionero consumado. Pudiera decirse que esta dedicatoria es como el programa de toda su vida apostó- lica, y así lo apreciará quien leyere. PARTE PRIMERA «A LA MADRE DEL AMOR HERMOSO Y DE LA SANTA ESPERANZA, A LA MÁS HERMOSA RAQUEL QUE APACIENTA EL MÍSTICO REBAÑO DE SU PAIJRE CELESTIAL, A MARÍA SANTÍSIMÁ, MI SEÑORA, EN SU BELLÍSIMA PEREGRINA IMAGEN DEL TERNÍ– &IMO TÍTULO Y TRAJE DE PASTORA DE LAS A LMAS. «Sólo a tí, esclarecida Reina de los ángeles; sólo a tí, adorado hechi– zo de mi corazón ; dulcísimo embeleso de mis sentidos, poderoso imán de mis potencias; sólo a tí, alegría de los cielos, gozo de los santos, consue– lo de los tristes, salud de los enfermos, aliento de los flacos, remedio de los afligidos y único refugio de los desamparados; sólo a tí, repito, Reina mía, Madre mía , y todo mi bien: sólo a tí debo ofrecer y consagrar este sermón, que por tantos títulos es tuyo. Tuyo es, por el asunto de que trata; pues, siéndolo referir las ejemplares virtudes de un alma, en sus procederes justa, no debe ser otro su Mecenas, que la que, andando por las sendas de la justicia , enriquece y hace abundar los tesoros de los que la aman , apa– centando sus almas, como solícita Pastora en los fértiles abundantes pra– dos de la más sólida virtud. «Tuyo es , Pastora dulcísima, por el sujeto de quien habla; porque , si este lo es vuestro fiel siervo, aman te hijo y devoto capellán , el venerable padre fray Miguel de Benaocaz, no debía consagrarse a otras aras que las vuestras. Fué siempre, Madre mía, amante fidelísimo de vuestra Majestad, en tanto grado, que, no pudiendo contener en el recinto de su pecho las llamas de su devoción , las exhalaba fuera en fervientes exhortaciones con que pretendía abrasar a todos en tan dulce fuego. Ni quedaba su cariño satisfecho con las públicas frecuentes pláticas y exhortos que usaba en sus apostólicas tareas, en que llevando vuestra peregrina imagen a los pueblos de su misión, y colocándoos en decente adornado sitio de su iglesia por todo el tiempo que duraba, os consagraba un día, para en él tratar sólo de vues– tra devoción y culto, sino que, llevado de este afecto, procuraba aun en las reservadas familiares conversaciones aficionar a todos a vuestro amor y servicio. A esfe fin, logrando de sus bienhechores algunos devocionarios o novenas de vuestra Majestad, los repartía luego para excitar con ellos, ampliar y extender vuestro debido culto. A este intento , cuando se hallaba en su patria, por algún motivo o casualidad, acostumbraba siempre , aún antes de sacerdote , congregar de noche en su casa toda su parentelq, ami-
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