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160 LA DIVINA PASTORA Y EL BTO. DIEGO J. DE C. do, la irreligión y la incredulidad de un pueblo que claudicaba de sus san– tas tradiciones. Para una y otra misión no tendrá fray Diego más que una , sola bandera: el estandarte de la Pastora Divina, que como lucero resplan– deciente iluminará toda su predicación apostólica. Débese anotar que dicha estación del Rosario es la primera manifes– tación registrada de un culto normal en nuestras iglesias andaluzas a la Divina Pastora, pues las que se iniciaron en Granada y Cádiz ya sabemos el principio y fin que tuvieron. ¿Ese estandarte de la Divina Pastora fué hecho a instancia de fray Die– go y fruto de una petición suya el que se le permitiera llevarlo en sus pro– cesiones del Rosario? A punto fijo, no se sabe, aunque Lo suponemos por todas las circuns– tancias que le favorecen; pero el hecho cierto es que con la práctica de es– té ejercido, durante varios años , introdujo el joven apóstol en nuestra igle– sia de Ubrique la devoción de la Divina Pastora , y viéndose sus saludables efectos. le imitaron en muchos otros conventos de Andalucía , establecién– dose de e1Ste modo en nuestras propias iglesias , sin contradicch ,nes , y con paz y alborozo, el culto de la celestial Pastora . Es el primer avance que hay que cargar en el haber de fray Diego. En la primavera del 1769 llegó a Ubrique la notici-a de la temprana muerte del padre Miguel de Benaocaz , su antiguo confesor y consejero. La pérdida de este_ var(>n justo e incansable misionero le entristeció honda– mente por muchos conceptos. Había sido el mentor· de .su concie1icia en los años de crisis de su conversión a la santidad, era el maestro que deseaba tener para sus misiones y el modelo a seguir en su amor a la Divina Pas– tora y en la difusión de su culto. Su alma, que era muy sensible y delicada, debió sufrir angustias y temores , como los experimentó después con la muerte de su director, el padre Francisco Javier González. Pero aún se le entenebreció mucho más el horizonte, cuando llegaron diputados de Benaocaz , para encargarle la oración fúnebre del venerable extinto , muerto en olor de santidad.-¿Cómo , se dijo, acudían a él, el últi– mo y más inútil del convento, siendo así que este género de predicación sólo se confiaba a sacerdotes maduros , experimentados y llenos de cien– cia?-Pero la tenaz porfía de los diputados venció la humildad de fray Diego. Púsose a pensar: y ante su imaginación desfilaba el venerable Benao– caz en continua predicación a las muchedumbres , eriarbolando el guión de la Pastora Divina, su indefectible compañera ... Ya tiene el tema, el boceto; y comienza a escribir: El labrador evangélico, siempre en sus tareas infatigable, Se1món fúnebre, que en las solemnes exequias en la villa de Benaocaz celebra– ron algunos particulares, afectos y parientes de su amado apóstol y compatriota el venerable padre fray Miguel de Benaocaz, misionero apol:itólico del Orden de capuchino~... de la provincia de Andalucía.. . Dijo el padre fray Diego José de Cádiz, predicador del mismo Orden, quien con todo su corazón lo ofrece, consagra y dedica a Maria • Santísima nuestra Señora, venerada en su peregrina imagen del ter– nísimo título y traje de Pastora, que acostumbró llevar en sus misiones el venerable difunto. He aquí el modelo acabado, que parece se propuso imitar, y lo mismo que escribe de su venerable confesor, se afirmará de fray Di~go antes y después de su muerte, Pero veamos cómo se expresa en el cuerpo del ser-
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