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CAPITULO XV Prodigios y fama de santidad - Se le nombra predicador de plaza, dándosele el estandarte de la Divina Pastora - Se le encarga la oración fúnebre del venerable padre Miguel de Benaocaz - El ser- món es un presagio de la vida de fray Diego. Apenas ha transcurrido un año en el ejercicio de aquel plan de vida austero y riguroso , y ya corre por las calles de Ubrique el rumor de que fray Dieg·o , el padre Caamaño, corno lo llamaban cariñosamente, era un santo , un milagrern . Aún persiste la memoria de los primeros prodigios verificados en esta época: aquel en que pidiendo limosnas , en la calle Ne– vada , le dió un huevo José Calaños y cayéndosele al suelo, se estrelló; pero él , inclinándose , lo tornó íntegro , corno si nada hubiera ocurrido. El otro , cuando le presentaron un niño ciego con tumores y secreciones virulentas . Le dijo un evangelio, recordando lo del padre Perusa , y haciéndole la se– ñal de la cruz en ellos , lo mandó retirar. Cuando llegó a su casa ya estaba curado con las señales de la cruz en los párpados , que le duraron toda la 'vida, como se comprobó , treinta y dos años después, al asistir a las exe– quias que se celebraron en Jerez por el alma de fra y Diego . El pueblo con instinto avizor comenzó a llamarlo santo y apóstol. Mas ¿qué hace fray Diego en orden a la predicación para la que se le ha dado el don de la palabra?¿Vive en silencio sin despleg·ar su lengua de fuego , entregado sólo a la vida interior y a los humildes oficios, que ejer– cía , cerrada su boca para el ministerio apostólico? El Señor, que lo desti– naba para una misión altísima , no permitió que fuese así , antes bien orde– nó las cosas para preparar paulatinamente a su elegido en la obra, en que después sería maestro y ejemplar consumado. Era a la sazón guardián del convento de Ubrique el padre Francisco Jo– sé de Cádiz, que había sido su maestro y lector durante sus estudios de filosofía y teología. El alto concepto que había formado de su discípulo du– rante el tiempo de formación le movió a comisionario para que en todas las ' tardes de los días festivos saliese del convento en la procesión del Rosa– rio, predicando en alguna call e o plaza del pueblo , instruyendo a sus ve– cinos en las verdades r eligiosas , despertando en ellos la pi edad y el es pí-

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