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al P. Pío que "hacía muchos años le había dicho que casi todos sus adictos y los que le querían bien, le abandonarían sin culpa de ellos". El P. Agustín le recordó que había llegado el tiempo pre– dicho y que era necesario encajar la prueba. Tan pesada sentía . esta prueba que el confinado observó: -Pero no creía que fuese esto lo que iba a venir. Tenía que continuar en la cruz, mientras los hombres siguiesen remachando los clavos. Sería el árbol que no se desgaja por mucho que arrecien los vientos. El P. Agustín le prometió, como corona de todo esto, la gloria de Dios y el bien de las almas. El corazón sacerdotal del P. Pío exclamó: -Pero precisamente es por las almas por lo que siento el dolor de la prueba. El padre se reanimó sólo cuando, bajo la palabra del director espiritual, entrevió que sus lágrimas y oraciones, "aun sin el... ministerio", contribuirían a la salvación de las almas. Leemos en el Diario del P. Agustín: "Mientras tando, satanás se pavonea y hace de las suyas. Cuando el padre era conocido solamente por Dios, satanás se desataba contra él con toda clase de tentaciones ... Apenas el Señor le dio a conocer al mundo, satanás comenzó inmediatamente otra lucha contra la fama de santidad de que goza el padre, sobre todo por medio de la pren– sa... y de las fanáticas e histéricas". Aunque escrita el 23 de marzo de 1932, la observación del P. Agustín puede ser considerada como síntesis de la historia del decenio que estrujó -como en una prensa que cada día se cerraba más- a aquel sacerdote que no tenía en su corazón más que a Dios y a las almas, un altar y un confesonario, sobre los cuales aplacaba su inmenso amor a Dios y su fraternal amor a los hombres. Pero había llegado la hora de las tinieblas. Yson éstas las que proyectan mayor luz sobre el fraile que -como lo describió el P. Agustín- "sufre, ora y espera", "espera el cumplimiento de la divina voluntad", "espera tranquilo la hora de Dios". Oscuridad por dentro Las tinieblas oscurecían su interior, la intimidad del capuchino segregado. "Siempre oscuridad", condensa el P. Agustín. Era 234

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