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aseguraba al P. Agustín la unión exigida por la oración: "En toda la estación invernal usted me encontrará delante de El, desde las cuatro y media a las nueve y media aproximadamente. Du– rante el día, en todo tiempo, desde las diez y cuarto de la noche hasta el avemaría. Esto es lo ordinario". Si su cuerpo no está sufriendo en el altar, están en el altar sus ojos y su espíritu, mientras sufre y reza en el pequeño coro, que mira desde lo alto de la vieja iglesia sobre el presbiterio. Esta fue su continua enseñanza, realizada con su vida de cada día: estar en torno al altar para hablar con Dios, para hablarle de los hombres menesterosos de perdón: hablarle de la Iglesia santa y siempre necesitada de purificación. Desde que las llagas le traspasaron los pies, las manos y el costado, el P. Pío ofrecía un aspecto de persona agobiada por un_ peso. Hubo quien se lo hizo notar: -Padre, usted sufre tanto, porque tuvo la divina imprudencia de oji-ecerse como víctima por el género humano. Lleva usted en un hombro a la Iglesia, y en el otro al mundo corrompido y desquiciado por la fuerza del mal. El Padre, acostumbrado a la oración, respondió pidiéndosela a otros: -Rezad para que no quede destrozado. El P. Pío reveló un día el peso que llevaba encima al serle preguntado cuánto sufría: -Todo lo que puede suji-ir el que lleva sobre sus espaldas a toda la humanidad. Rezad por quien lleva el peso de todos... la cruz por todos. Habiéndole preguntado si tenía un cirineo y quién era, el padre, encorvado bajo el peso enorme, respondió con aquella rudeza tan suya: -1'!0 tengo a nadie. Todos dicen: pobre padre, pobre padre... y luego todos echan carga sobre mí. "Como Jesús -escribe Domingo Mondrone-. Andaba en– corvado, agotado, cayendo y levantándose bajo el peso de la cruz. También, sin duda, por su organismo desfallecido, tortura– do horriblemente y desangrado. Pero cansado sobre todo porque supra dorsum meumfabricaverunt peccatores (sobre mi espalda fabricaron los pecadores). Sobre esa espalda pesaban todos los pecados del mundo. Desde el primero al último, porque todos necesitaban ser expiados, de igual modo que todos habían ofen- 212

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