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Juan Montini dijo que la asistencia a la celebración de la misa del P. Pío es tan eficaz como una misión. Alejandro Lingua nos dejó la descripción de los que asistían a la misa del P. Pío. Parece una fotografía en palabras: "En la misa unos lloran, otros sufren, otros rezan absortos . Algunos reconocen, gracias a una divina iluminación instantánea, sus pe– cados y se arrepienten visiblementé. Hay quien permanece indife– rente. Son seres de corazón frío , personas egoístas, insinceras y con prejuicios. Los hay curiosos, con demasiados intereses crea– dos y sin generosidad, sobre todo soberbios,aunque aparente– mente no lo demuestren. No se nota esa somnolencia que entra al amanecer, se olvida uno de las cosas de afuera... El tiempo vuela por estar unidos al celebrante. Con Jesús crucificado se ofrece, se sufre, se ama y se adora... Mientras tanto, el P. Pío se retira. Las rodillas parecen clavadas en el suelo". Don Alejandro, con otras pinceladas rápidas, describe a los fieles en torno al altar en el que el P. Pío se sacrifica a sí mismo junto con Cristo: "Aquella multitud, en contacto inmediato con el sacerdote, en cerco amoroso... respira litúrgicamente, oye el Glória, el Credo, ofrece el pan del trabajo, el vino del sufrimiento, el incienso de la oración. Todos, espectadores y actores, rezan comunitariamente... En el misterio vibra una consciente descarga eléctrica, aplicando los méritos de la pasión. Los brazos del sa– cerdote son los brazos de la comunidad. Nuestro pueblo no entiende ya la misa porque no la concele– bra. Con el P. Pío la descubre y tiembla en presencia de la reno– vación del misterio de la cruz". El altar: punto de salida y de llegada La misa del P. Pío no duraba sólo aquella hora o aquella hora y media que permanecía en el altar. Todas las horas del día, y casi todas las horas de la noche, giraban en torno al altar. Toda su vida era una celebración, era vida sacerdotal. Cada acción suya era una acción sacrificial, cuyo ápice lo señalaba la acción eucarística. Lo mismo que la vida sacerdotal de Jesús que encon– tró su punto luminoso del pan y el vino de la última Cena en la muerte en la cruz y en el misterio del sepulcro vacío. 209

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