BCCCAP00000000000000000000448

moral". El P. Agustín comprende algo de aquella pena cuando comenta: "Realmente es una prueba misteriosa. Pero la permite y la quiere el Señor para humillar a su siervo". Al P. Agustín que el 19 de mayo de 1937 le preguntaba el por qué de aquella indecisión cuando decía misa, sobre todo en los momentos más salientes, el padre responderá que es permisión del Señor y que "tiene que sufrir" esas indecisiones: "Las sufro de buena gana y con alegría, por ser voluntad de Dios". Cada misa, por tanto, es sufrimiento y esfuerzo, sufrimiento y agonía. Abstraído en el altar El altar es el lugar donde alcanza su punto culminante su "grandísima misión". En el altar -como en el confesonario- el P. Pío se nos revela como el sacerdote que sufre, para pedir, con Cristo, el perdón del Padre. En los dos sitios actúa con dolor. Si en el confesonario es el P. Pío el que habla a los hombres del perdón de Dios, en el altar conjura al Señor para que perdone a los hombres. Realiza, pues, su misión en el encierro de un confesonario o sobre el ara del altar, porque en uno y otro admi– nistra la sangre de Cristo, con la que pretende mezclar su propia sangre. Toda redención es un misterio de sangre. Y dar sangre es siempre costoso. Por eso comprendemos la respuesta afirmativa que dio el P. Pío al capuchino Juan de Baggio, cuando éste le preguntó si sufría en el altar. Entonces -añadió el P. Juan- ¿qué es la misa para ti? Y la respuesta del P. Pío: Te lo dice el altar: basta con pensar en lo que sucede en el altar. En otra ocasión repitió, aterrado por lo que se realiza en el altar, por Jesús y por sí mismo: Si lo hubiese sabido antes, no me hubiera ordenado. Acaso es ésta la definición más completa de la misa: sufri– miento hasta la muerte, de Jesús y de un sacerdote Pío de Pietrel– cma. 207

RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz