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sin ningún alivio tanto más suavizan los dolores del buen Jesús". Para aliviar la cruz de Cristo celebra el P. Pío su misa, parti– cipando en los dolores del viernes santo. La idea clara de la disposición de víctima la alcanzó el P. Pío en septiembre de 1912. Desde entonces se detiene, más que en las comuniones, en la reparación, en la ingratitud de los hombres y de los sacerdotes para lo cual era preciso encontrar almas que se ofrecieran como víctimas. Víctimas de Jesús visto la mañana del viernes 28 de marzo de 1913 "todo maltratado y desfigurado" frente a "una gran multitud de sacerdotes". En esta visión escucha palabras que se convierten en clave para penetrar en el secreto de su inmo– lación. Jesús, lloroso, le desvela la más triste situación: "Hijo mío, no creas que mi agonía duró tres horas; por las almas a las que he concedido más favores, estaré en agonía hasta el fin del mundo. Durante el tiempo de mi agonía, hijo mío, es preciso no dormir. Mi alma va en busca de alguna gota de piedad humana, pero ¡ay de mí!, me dejan solo bajo el peso de la indiferencia. La ingratitud y el sueño de mis ministros agravan mi agonía". La misa le convierte en víctima junto a Cristo agonizante: víctima sacerdotal para reparar por los sacerdotes. Lo que él experimenta dentro de sí se trasluce en los ojos llenos de lágrimas, en la boca atormentada por la emoción, en la frente que enjuga repetidas veces con el pañuelo, en la cabeza que mantiene entre las manos. Paralela a esta agonía que vive en el altar, es la que, desde entonces, vive en su celda, entregado al poder de los "bandidos" que le atormentan día y noche ya desde la obligada permanencia en Pietrelcina en los años 19 l O y siguientes, que le golpean hasta dejarle el cuerpo dislocado y magullado, que le asedian por do– quier, que le atacan con violencia y asiduidad, que le envuelven en tinieblas "cada vez más densas", que le llevan hasta "convertirle en víctima bajo el peso de la prueba". Tenemos la confidencia del P. Pío a su amigo de Pietrelcina don José Orlando, confidencia que no dudamos en calificar de pavorosa, por su realismo: "los demonios se me aparecían de verdad, y me apaleaban de verdad, y dejaban impresas en mi cuerpo, durante muchos días, las heridas y cardenales de los golpes". Habla del ruido que hacían, del hedor que dejaban: fenómenos que notaban incluso sus hermanos religiosos. "Motivo por el cual los religiosos no querían tenerme en sus conventos. 205

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