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fue viendo cada vez con mayor claridad. La visión contemplada a las puertas del noviciado le había hecho comprender que con– sagrarse a la vida: religiosa y a la misión sacerdotal iba a ser un compromiso para meter miedo: significaría que iba a enfrentarse de cara y constantemente con el mal, simbolizado en el personaje gigantesco y pavoroso que, clavado en su memoria desde mucha– cho, llevará, nítido como un retrato, durante toda la vida. De la correspondencia epistolar del P. Pío con sus directores espirituales queda claro cómo él, en un principio, valoraba más la comunión que el sacrificio de la misa. En esto dependía de la educación recibida y de la teología de su tiempo, que distinguía exageradamente entre sacrificio y sacramento. El sacrificio era considerado como el ofrecimiento del hombre, inseparable de Cristo, a Dios. La comunión, en cambio, era el don de Dios a los hombres. De aquí toda aquella piedad eucarística, centrada más en el Cristo que está en el altar (adoración, comunión aun fuera de la misa, visitas al Santísimo, adoraciones eucarísticas), que en la misa, verdadera liturgia que ofrece Jesucristo, víctima, en el altar. Al deseo de la Eucaristía -de la que dice tener hambre y sed y que le produce latidos del corazón "muy fuertes", y "ardor" de todo su ser y dulzura incluso sensible hasta la "fusión de corazo– nes", que tiene lugar al terminar la misa- reemplaza la compren– sión del estado de víctima que lleva consigo la Eucaristía, no en cuanto recibida, sino en cuanto ofrecida. El 5 de noviembre de 1912, en efecto, escribe al P. Agustín estas líneas que revelan las consecuencias victimales de la misa: "El dulcísimo Jesús me ha hecho comprender por desgracia todo lo que significa ser vícti– ma... Es preciso... llegar al consummatum est -todo está cumpli– do-, y al in manus tuas -en tus manos-". La misa significa para el P. Pío el consummatum est. Había comprendido este trasfondo el viernes del 23 de agosto de 1912, mientras se encontraba en la iglesia de Pietrelcina ha– ciendo "la acción de gracias después de la misa". Sintió "cómo un dardo agudo y ardiente le traspasaba el corazón" hasta el punto de pensar morir. Comprendió, poco a poco, aquel "morir". Ya el 20 de septiembre de I912 escribía, desde Pietrelcina, que había sido escogido por Cristo como ayudante "en el gran negocio de la salvación humana". En la misma carta expone lo que ya entonces era para él una clara convicción: "y cuanto estas almas más sufren 204
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