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P. CARLOS DE VILLAPADIERNA 2 37 y cuantos a estos estudios se consagran. Y crece aún la im– portancia de estas investigaciones por los documentos escri– tos hallados de cuando en cuando, que contribuyen mucho al conocimiento de las lenguas, literatura, historia, costum– bres y religiones antiquísimas. Ni es de menor importancia el hallazgo y la investigación, tan frecuente en nuestro tiem– po, de papiros, que tan útiles han sido para conocer las lite– raturas v las instituciones publicas y privadas, principalmente de1 tiempo de nuestro Salvador.» Desde hace un siglo, sabios americanos, ingleses, france– sts y alemanes realizan excavaciones en el Próximo Oriente, en Mesopotamia, Palestina y Egipto. En Palestina se sacan a la luz del día sitios y ciudades frecuentemente mencionados en la Biblia : aparecen y están situados tal y donde 1a Biblia dice. En las antiquísimas inscripciones y edificaciones exca– vadas, los exploradores encuentran cada vez mág personajes del Antiguo y del Nuevo Testamento. Los bajorrelieves de aque'lla época revelan las imágenes de pueblos cuya existen~ cia sólo conocíamos por los nombres. Sqs rasgos fisonómico~, su indumentaria, su cultura, sus armas se nos hacen familia– res gracias a las investigaciones de los arqueólogos. Toda la historia contada en la Biblia va siendo desenterrada pacien– temente para alzarse en testimonio contundente de su vera– cidad. El descubrimiento de monumentos, de archivos, de cartas manifü:stan que los hombres, hechos e instituciones de que habla el Texto Sagrado pertenecen firmemente a la his– toria. A medida que la pala y azada del excavador descubre1;1 nuevos estratos aparecen pueblos relacionados con los h<':– breos y que parecían para siempre perdidos. Una estela abap~ donada en el desierto, un sello grabado en una vasija, una placa de marfil, revelan feohas y nombres que ya conocíamli>s

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