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222 EL MENSAJE DE LA BIBLIA tos bíblicos se aplican a personas o cosas distintas de aquellas que intentó significar el autor sagrado. Es útil la acomoda– ción para ilustrar, recomendar, aconsejar, para valorizar una afirmación. El libro del Eclesiástico ensalza así la gloria de Abraham: «Abraham fué padre de multitud de naciones, y no hay semejante a él en la gloria». La Iglesia aplica este texto en su liturgia a los confesores, a los justos en gene– ral. Al aplicarlo así no se hace sino adaptarlo, a una circuns– tancia en la que el hagiógrafo no pensaba, y por lo tanto no es sentido de la Escritura. Para evitar confusiones, mejor que sentido acomodado, debería decirse acomodaci,m del te,r– to bíblico. Puesto que se trata de una utilización de los tér– minos de la Biblia que es ajena al contenido intentado y que– rido por Dios. La acomodación es lícita y legítima, como se desprende del uso que de ella hicieron Nuestro Señor (Luc. 2 3,30), íos hagiógrafos, (Rom. rn,8) los Padres y escritores eclesiás– ticos, la Iglesia en su iiturgia. Esta acomodaciun puede etec– tuarse de di\-ersos modos. en primer lugar, por extensión; es decir, cuando la semejanza de idea contenida en el texto es realmente aplicable, v. gr. las palabras dichas por Jesús a María, hermana de Lázaro: «María escogió la mejor parte ... » (Luc. 10,42), se aplican a la Virgen en la fiesta de la Asun– ción; en segundo lugar, aunque no recomendable, la acomo– dación puede hacerse por alusión, cuando la semejanza exis– te en solas las palabras : algunos aplican a la influencia de las malas o buenas compañías al texto del salmo 17,26; «cum sancto sanctus eris ... , cum perverso perverteris», siendo así que el salmista habla del modo como Dios obra según los méritos propios de los hombres. Se ha de reprobar toda acomodación que se funda en una

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