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P. CARLOS DE VJLLAPAbIERNA 2II ria con el mensaje esencial que es el objeto propio de la en– señanza del lihro. Sería vano decir que el autor sagrado no afirma la rotación del sol en torno a la tierra, o la derrnta de Baltasar «hijo de Nabonides)) por «Darío el Medol>. (Dan. 5,2: 6,1) como sería ingenuo pretender que no estaba convencido <le una 'Y otra cosas ; las creía y consiguientemente las afir– ma. Pero no las enset"ia en cuanto autor inspirado, porque no importan al fin que le ha impulsado a escribir, el cual sola– mente compromete la verdad divina>>. He querido citar a estos dos autores de última hora, para que se vea cómo la inerrancia recae sobre los juicios manifes– tados por el hagiógrafo, y no sobre sus opinioiies privada:s y subyacentes. Artículo Ill.-La inerranlia bíblica y la historia Más arduo e insoluble se presenta el conflicto aparente entre los descubrimientos históricos y arqueológicos y las na– rraciones bíblicas. Es cierto que la Biblia contiene afirmacio– nes históricas numerosas y capitales, que entran en el cam– po de la inerrancia, porque forman parte del mensaje de sal– vación. Para poder armonizar plenamente los descubrimientos verdaderos de otras ciencias históricas con las narraciones de la Biblia, es de todo punto indispensable estudiar la manera de hacer historia los antiguos pueblos semitas y especialmen– te el pueblo judío. La cuestión se relaciona estrechamente con la teoría de los géneros literarios, de la cual hablé am– pliamente ya, lo que me autoriza a resumir brevemente este artículo.
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