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P. CARLOS DE \'fLLAT'ADTERNA morada ante el brillo de tus saetas voladoras, ante el res– plandor de tu lanza fulgurante. (Hab. 3,n). 2) Otras afirmaciones se hallan en pasajes carentes de todo contexto poético, dando a entender que el autor las emplea en su sentido propio. En estos casos debe emplearse y aplicarse el segundo principio de León XIII: Se trata de una acomodación a la manera corriente de hablar en el tiem– po y entre las gentes destinatarias inmediatas de los libros Sagrados. En la descripción de los fenómenos naturales se atiende, no a la naturaleza íntima de las cosa 0 , sino a su~ apariencias externas. Así al clasificar entre los rumiantes al conejo y a la liebre, la Biblia, no hace una apreciación cien– tífica, sino meramente vulgar y externa. Hoy día, aún los hombres de ciencia, conocedores perfectos de la naturaleza de los fenómenos, emplean expresiones fundadas en las apa– riencias de las cosas ; por ejemplo: el sol sale, se pone, se encuentra a mitad de su carrera. La inspiración, y consiguientemente la inerrancia, recae sobre los juicios, expresados por el hagiógrafo, no sobre sus opiniones privadas. «El carisma de la inspiración no ilumina todo su pensamiento-escribe Benoit-y no corrige todos Esl1S errores, hasta hacer de él (del hagiógrafo) un omniscien te, le ilumina para que escriba tal libro, destinado a tal fi– nal concreto, garantiza su conocimiento únicamente en la me: -qida en que interesa directamE-nte a su propósito». Idéntica teoría sostiene ,Dom C. Charlier en «La lectura cristiana de la Bihlia)). ((El error se mide por las pretensiones formales de un escritor en un medio dado : pero en la Biblia. tales pre– tensiones tienen dos caracteres estrechamente subordinados. IJor una parte, el autor principal, que es Dios, no se propo• ne más que un fin: dar al hombre una enseiian:::a religiü."a.

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