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Pocas cosas se han mirado con tanta seriedad y ten– sión en la historia humana como el respeto a los muertos. Será porque tocarlos es tocar nuestra carne. Porque no hay tanta división entre la vida y la muerte. Porque si ésta es el fin de la vida, este fin hay que entenderlo com·o meta alcanzada, plenitud anhelada... En sentido evangélico el morir es abrirse a lo que he– mos vivido sobre la tierra. La muerte no entierra la vida. Valora la existencia definitivamente... Lo importante es haberla construido en el bien. Entonces el morir, "puerta última", florece como la semilla que se cubre y grana. No es aceptable desde la fe el cargar la nota sobre la futilidad de la vida humana. La vida es bella y valiosa. Nada menos que Dios hecho hombre la vivió en Jesús in– tensamente. La muerte no establece corte definitivo. No llega desde fuera. Coincide con la vida... Por eso quien muere no rompe con nosotros. Sigue al lado en las cerca– nías de nuestra existencia... No hay por qué desvincular el sentimiento de la teología: "Si vivimos, vivimos para Dios, si morimos morimos para Dios. En la vida y en la muerte somos de Dios". Nadie ha hablado todavía de la "teología del senti– mie_nto ". Y, sin embargo, los que se fueron dejaron enre– dada de tal forma su vida a la nuestra, que es como una sola. Las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su pa– dre, D. Rodrigo, terminan con estos versos: 220 - "Dio el alma a quien se la dio (el cual le tenga en el cielo y en su gloria) y aunque la vida murió nos dexo harto consuelo su memoria".
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