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nos cuesta alejar a nuestros muertos. Algunas tribus indí– genas cuelgan las cenizas de sus muertos en la misma cho– za donde viven. El muerto, que no se fue definitivamente, convive con ellos. Las grandes ciudades que se proyectan con espacios para mañana han alejado los cementerios del discurrir diario de los vivos. Pero una vez al año el cementerio de la ciudad cobra mucho de curiosidad, de fe y de respeto. Las sepulturas, los mausoleos, las lápidas, la humilde ma– dre tierra se cuajan de flores, como si los vivos preparára– mos una fiesta con ellos, una fiesta con coronas, con lu– ces, con farolillos, con lágrimas, con oraciones. Y en voz baja los seguimos sintiendo carne cercana y sangre nues– tra... Allí está el "polvo entrañable", "polvo enamora– do". A pesar del inevitable bullicio, .de las risas, de los vendedores de flores, ellos, los muertos, nos dan su com– prensión y nosotros flores y oraciones y a su lado reme– moramos lo bueno de sus vidas. Cuando oi a un sacerdote refunfuñar en el cemente– rio: - "¡ Menos flores y más oraciones!", pensé: - "No, Señor Cura": "Más oraciones, sin disminuir las flores". Las flores ese día -y siempre- tienen un lenguaje misterio– so de emoción, de luz, son como un cariño adornado. Di– ga usted con flores sus oraciones a los muertos. Con flo– res adornamos la Eucaristía, con flores solidarizamos nuestro espíritu con los otros en un acontecimiento de go– zo. Es un modo elegante de sintonizar los espíritus en la misma alegría, en la misma pena. ¡Son las flores, Sr. Cu– ra! Cuando falla la misma PALABRA, ALGO DE SU– TIL tiene una flor, una rosa. Yo he visto a mi madre de– positar una rosa sola, sobre la tumba de mi padre, besada y mojada en lágrimas... Hasta que la flor se marchite, y aun después, nos parecerá que hemos dejado junto a nuestro muerto un pedazo de alma... ¡ Bella oración esta solidaridad con los difuntos! 217

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