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Las fiestas, llevadas con sentido del humor, nos ha– cen comprender incluso las discrepancias, nos unen en amistad, en proximidad de emociones, en la jovialidad expresiva de gestos. Todo en ellas tiene valor de símbolo de una gran realidad, la familia que formamos. Aquí radica uno de los valores de la Misa Dominical y en este marco hay que entender la comida y la bebida de las fiestas populares. Necesitamos fomentar el sentido festivo y regocijante de la vida y de la fe... No puede ha– ber fiesta, sin reconciliación, que es unión de ánimos en el gozo. La fiesta es un antídoto de la enemistad y una puer– ta abierta a la conciliación. Por eso la fe cristiana requiere una expresión gozosa. La belleza de las fiestas populares exaltan en las gen– tes ese encuentro en la bondad de las personas y de las co– sas. 212

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