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Es el anverso y el reverso, la fe y la incongruencia, la piedad y la diversión que se unifican con la emoción po– pular, en una sola realidad: FIESTAS. Muchas veces sin más unidad entre sí que el gozo de la celebración. San FERMIN fue un obispo mártir que recorrió, pregonero de Dios, los campos y ciudades de la Galia, convirtiendo hombres para Cristo. En la vida de San Fermín no hay un solo detalle que tenga relación con los toros. Ni siquiera era campesino, sino noble. Sin embargo, el sentir del pue– blo Jo ha convertido en el "santo torero", sin más motivo que la exaltación popular; en el protector de las gentes "sanfermineras" que unen la valentía y temeridad de los encierros, al sentido universalista de los "sanfermines". Hace aproximadamente cuatrocientos años se unifi– caron la fiesta popular y la fiesta profana. Y en aquel tiempo el obispo de Pamplona, D. Bernardo Rojas, dio esta razón: "Porque el mes de julio es el tiempo mejor y más cómodo" para festejar. Se festeja mejor con el buen tiempo. Festejar es decir: "¡Bienvenido sea todo!". Por medio de las "fiestas", familiares, populares, religiosas o profanas, nos unimos más. Existe como una especie de reconciliación colectiva en el común regocijo, en la alegría contagiosa, en el grito espontáneo. ¡Qué co– sa más bella que celebrar la alegría de la vida! ¡ Cuánta necesidad tenemos de esto! Un error importante que podemos cometer, una equivocación vital, es convertir la existencia en vulgar monotonía. La vida puede ser cotidiana, pero aburrida y monótona, no. Esto es equivocar la ruta de la existencia y los planes de Dios que llega a nosotros, gozoso e inespera– do, todos los días, con su gracia. 211

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