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arriba, y vio llenos de lágrimas los ojos de la estatua. La estatua lloraba porque desde lo alto de su pedestal veía todas las miserias de la ciudad. -En una pobre vivienda veía a una costurera que trabajaba de noche. Y al lado, en un rincón del cuarto, a su hijito enfermo, con fiebre. Pide naranjas, y su madre no tiene más que agua... El Príncipe Feliz mandó a lago– londrina que arrancara un soberbio rubí de su espada y entrando por la ventana lo dejara dentro del dedal de la costurera que se había quedado dormida. La golondrina se quedó otra noche, y otra y otra... y fue llevando los dos zafiros de los ojos de la estatua a un estudiante que tenía frío y a una pobre gitana que vendía cerillas... Y, quitando hoja por hoja, el oro fino que cu– bría la estatua, lo repartió entre los necesitados de los su– burbios... Llegó el invierno. La golondrina murió de frío a los pies de la estatua del Príncipe Feliz. La estatua, sin la cu– bierta de oro, se resquebrajó con el hielo. Y fue tirada co– mo chatarra a un montón de deshecho... - "Traedme las dos cosas más preciadas de la ciu– dad", -ordenó Dios a los ángeles. Y los ángeles se llevaron al cielo el corazón de plomo de la estatua y los despojos del pajarillo muerto ... El amor no muere nunca. Para ti, niño, que entiendes las parábolas de Jesús... 207
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