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69 Los cuentos de Jesús. Pedrito es el hijo de un amigo mío. Es más espabila– do que una comadreja. El otro día se enteró que yo ha– blaba en Radio Nacional de España y me espetó de bue– nas a primeras: - "Oye, tú. No hablarás como los curas de la Igle– sia. Yo no les entiendo nada. Y sin embargo, sí entiendo los cuentos que Jesucristo cuenta en el Evangelio... ¿Por qué no hablas para mí un día? Mañana. Le diré a mima– dre que me despierte a la siete menos cinco... ". Ante los niños no hay apelación posible. Sus argu– mentos son definitivos. Pedrito me escuchó aquel día. Le hablé así: Te contaré un cuento, una parábola, como las de Jesucristo que tú entiendes. Te la cuento a ti, Pedrito, para que la entiendan los mayores. Es una leyenda del escritor inglés Osear Wilde. A él no sé quién se la contaría. - "En lo más alto de la ciudad se alzaba sobre un pedestal de piedra, la estatua del Príncipe Feliz. Toda ella estaba cubierta de oro. En lugar de ojos tenía dos rutilan– tes zafiros. Y un gran rubí escarlata refulgía en el pomo de su espada... Volando hacia Egipto, donde el invierno no llega, una golondrina se dispuso a pasar la noche a los pies del Príncipe Feliz... Al meter la cabecita bajo el ala para dormir, le cayó encima una gruesa gota de agua. La golondrina miró para 206
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