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Cuando se pretende, por mil modos, construir una España laicista, rebrota, por sorpresa, Dios y se hace sen– tir más, ya sea por ausencia, en la descomposición y falta de equilibrio en las relaciones humanas, ya sea por pre-• senda y necesidad de manifestar la fe el pueblo creyente -que vibra receloso de que le quieran usurpar su creencia en Dios. Ayer, por ejemplo, se quería enterrar definitivamen– te a quienes cantaron la religiosidad de las gentes sencillas y sustituirlos por otros. No es posible. Hoy a vuelta de años, de conocimientos experimentales y de amor al pue-– blo, Dámaso Alonso vuelve a decirnos, entre nebulosas y dudas: - "Señor, oh gran Señor, - siempre te pido que Tú existas. I Tú de mí tan amado". A Dios no se le puede borrar de los labios de los hombres. Si así fuera, quedaríamos abandonados a hacer lo que nos diera la gana, y al cabo de un tiempo de que– darnos solos, todo se nos vendría abajo. ¿Cómo explicar que la mano del hombre haya escrito el nombre de Dios en piedra, arcilla, madera, metal, piel, seda, papiro, plás– tico, papel. .. , con profusión inimaginable? Y en el pro– pio corazón lo escribe diariamente por el sentimiento. Dios da seguridad, hace guiños y provoca al hombre a la vida. Son muchos los que hoy se preguntan con Ma– nuel Alcántara: - "Si otros no buscan a Dios, yo no tengo más remedio: me debe una explicación". 205
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