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66 El rabo de la escoba. Se lo he oído contar muchas veces a un amigo mío médico. Mi amigo plantó en el huerto de su casa como ar– bolito de adorno un cerezo japonés. Para que el tierno ce– rezo recién plantado creciera recto, colocó a su lado un palo de escoba, el "rabo de una escoba", y ató a él el ár– bol. Durante varios meses regó con mimo el cerezo japo– nés, que por cierto es un árbol que da una explosiva flora– ción en los primeros días de primavera. Y cual no sería su sorpresa, cuando al cabo del tiempo contempló que el ár– bol se había secado y el rabo de escoba había retoñado ... ¡Un verdadero milagro! Cada vez que lo cuenta mi amigo repite las mismas expresiones: "¡Cuánto tiempo haría que se había cortado aquel palo de escoba! ¡Cuánto tiempo habría estado la escoba en el comercio! ¡Cuántos meses se habría utilizado la escoba en mi casa... , y el palo tenía todavía chispa de vida. Todavía crece la escoba en mi huerto!". Desde entonces, desde la lección que la naturaleza me dio en el palo de escoba -comenta mi amigo médico– "Me he acostumbrado a no dar jamás por perdido un ne– gocio, un amigo, una empresa cualquiera, la vida de un enfermo por grave que esté... ". A esto se llama "esperar contra toda esperanza". Este hecho -una de tantas sorpresas que guarda la naturaleza- me parece aleccionador para la historia de nuestras caídas y recaídas espirituales y morales. 200
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