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- "Le amo porque su alma, a fuerza de amor venció el hambre, el frío, la enfermedad, el desprecio, la injusti– cia... , con su propio corazón... Y liberó al hombre de la fatalidad... ". En este mismo paralelo hay que colocar esa frase tantas veces repetida de Juan XXIII: "Debemos insistir más en lo que nos une que en lo que nos separa". Y en muchas ocasiones lo que nos separa es el pelillo de una le– ve apreciación o una distinta expresión de la misma fe. En mi vida he tenido ocasión de entablar amistad y trabajar junto a personas que no compartían del todo mis ideas religiosas, pero en otros aspectos humanos eran, y son, admirables. Y no sólo me han abierto las puertas de su casa, sino que, incluso, han facilitado mi apostolado sacerdotal... Jesús aprovechaba cualquier circunstancia para dialogar; buscaba con otros lo descarriado; resalta– ba el más mínimo detalle de cortesía y bondad. La pedagogía de los Evangelios está constituida, en gran parte, por la revelación progresiva de los misterios del reino. ¿Qué ocurre en el corazón de cada hombre? Al escriba que contestó juiciosamente, no descartando a Dios y aceptando el amor al prójimo, Jesús le dijo: "NO ESTAS LEJOS DEL REINO DE DIOS". (Mr. 12,34). Un viejo poemita persa de Nisain cuenta que al borde del camino había tirada una carroña semipodrida de un pe– rro. Pasa un caminante y huye tapándose las narices. Otro y se vuelve atrás, otro y se cubre los ojos con la ca– pa. Pero más tarde pasa con sus discípulos el Rabí Jesús de Galilea y, señalando la carroña del perro, exclama pa– ra ellos: "Mirad, tiene. unos dientes blancos como perlas". En toda vida siempre hay algo bueno que admirar. Desde el fondo de la más generosa antropología, Juan XXIII, el Papa Bueno, se ofrecía: "A mi pobre pozo vie– nen hombres de todas clases. Mi obligación es dar agua a todos". 199
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