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rreno malo. Se secó por falta de raíces. Otra parte cayó entre espinas. Los matojos crecieron y ahogaron la semi– lla... Pero otra parte, cayó en tierra buena, esponjosa y húmeda. Y dio fruto que se multiplicaba al treinta, al se– senta y al ciento por uno. Y seguía hablando: El sembrador es Dios. La semi– lla, la palabra del reino. La palabra tiene suerte desigual, en los hombres, como el grano de trigo en el terreno. La inconstancia, la seducción de las riquezas, la concupis– cencia, la tribulación, la ligereza, son como las espinas, el cascajo o la mala tierra. El poeta Luis Rosales dice en un bellísimo poema•ti– tulado: "Hay que habitar de nuevo la palabra": "Cada vez que digo una palabra se hace un milagro, / se hace un milagro configurante... I y al pronunciar la palabra azu– cena se va abriendo una flor. / .. .La palabra se hace real cuando se verifica la comunicación, / la comunicación nos hace libres... I la palabra es la energía creadora / y esta energía se convierte en acción; / la acción es vincu– lante y al unir dos imágenes de carácter distinto se crea una nueva realidad: / antes de que volaran las palomas las palabras volaban por el cielo... I Nombrar es poseer... ". La palabra de Dios, como el buen grano, posee un fuerte contenido vital. La palabra de Verdad es algo más que una dimensión lógica o mera afirmación. Es más bien comunicación interpersonal. En la palabra se comunica lo que Dios piensa. Dios se pone en juego para ser eficaz. Su palabra se identifica con El. Y si al darse en su Palabra -aquí y ahora- el mensaje no pasa del oído al co– razón del hombre, Dios no está ahí. No hay tierra acoge– dora para la semilla. La semilla de la palabra siempre es buena. Falla el terreno que es el corazón del hombre y la totalidad del mundo. 196

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