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nos y, por su influencia, Europa comienza a adquirir; por primera vez, conciencia de unidad de destino espiritual. Es difícil calibrar hoy la grandeza de esta obra, en una Europa donde está a punto de fracasar tódo intento de futuro, por no saber, como lo consiguió San Benito, unir razonamiento y corazón, ideas y sentimientos, traba– jo y espíritu, técnica y fe. Este fue su gran mérito: hacer de sus monasterios, talleres de espiritualidad y civiliza– ción, abiertos a nuevas formas y culturas. San Benito fue un gran cerebro organizador, al mis– mo tiempo que un inteligente humanista. Sobre los prin– cipios más esenciales del evangelio hace cabalgar por Europa, acomodada a tiempos y lugares, la cultura y las letras. La norma de vida del monje benedictino se reparte equilibradamente entre el silencio, la soledad, la medita– ción, el trabajo manual e intelectual, el canto y el labo– reo. Con una filosofía del tiempo que descarta las neuro– sis y ansiedades que a nosotros nos embargan. El tiempo en la regla benedictina es, ante todo, oportunidad de sal– vación. Dedicación al servicio divino: Cavar y rezar, leer o meditar, amasar o escribir tienen significado de eterni– dad. Seis horas para el trabajo y cinco horas para la lectu– ra, el estudio, la reflexión sobre las sagradas escrituras y la oración. El monasterio adquiere así un clima de sereni– dad muy propicio para templar los nervios y el espíritu, que hoy mismo van buscando muchas personas los fines de semana. Nada de irreflexivas actividades perturbado– ras. Trabajo, paz y sosiego. Salvar la unidad. Compartir con todos la mesa, el trabajo, la cultura y la oración. 170

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