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- "¿A dónde ha ido Dios? -escribía el filósofo Nietzsche- Lo hemos matado entre nosotros, pero ¿cómo hemos hecho esto? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Qué hemos hecho para desprender esta tierra del sol? ¿No vamos errantes como a través de una nada infinita? ¿No notáis que hace más frío ... que nos está llegando la noche?". Es impresionante esta forma maravillosa de describir la pérdida de la fe del mundo en boca de un filósofo. Y la tremenda angustia de la humanidad. Estamos ante lo des– concertante de la afirmación de Dios. Y de la oscuridad de la negación de Dios. "Viene la noche", afirma Nietz– sche. La fría ciencia y la trivialidad pueden llevamos al ol– vido de Dios, a la pérdida de la fe, a afirmar que no hay más certeza que la que adquirimos por hechos científica– mente probados. Que Dios, el alma inmortal 'J el milagro y la ley codificada, no tienen valor racional, porque hasta ahí no puede llegar la lógica y la técnica. Así pensaba también un famoso convertido, Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina. "Soy ateo. El mila– gro no ha sido científicamente probado... Además es ab– surdo. Las leyes de la naturaleza son inmutables. A mí que me den hechos... ". Y los tuvo. El médico asistió en Lourdes a una curación instantánea, la de una mujer mo– ribunda, atacada de peritonitis tuberculosa: - "Era una cosa imposible -escribió después-. Se realizó un milagro inesperado". Pasó Alexis Carrel unos años de lucha y meditación. Al cabo de los cuales, con la sencillez de un niño y el equi– librio de un sabio, dejó asentado, en un diario íntimo y en un librn de meditaciones, esta confesión: - "Los sabios somos cabecitas mojadas bajo un lago de ignorancias y ALARGAMOS EL CUELLO BUSCANDO LA LUZ... 164
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