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íntima, esencial, entre las dos venidas de Cristo al mundo: la primera, ya realizada hacía veinte siglos, y la segunda, que habría de realizarse Dios sabía cuándo. El Adviento era el tiempo litúrgico destinado especialmente a desper– tar en los cristianos un hondo sentido de expectación. Ha– bía que prepararse a celebrar los misterios ya pasados de la primera venida de Cristo (que espiritual o místicamen– te deben repetirse en las almas), empleando casi las mis– mas expresiones de esperanza y ardiente deseo con que los hombres del Antiguo Testamento suspiraban por el Mesías Salvador; pero simultáneamente había que dirigir la máxima atención hacia «la segunda vuelta», hacia el retorno de Aquel que sólo temporalmente se había alejado del mundo. Expectantes, hombres que están a la espera de algo decisivo, deben ser todos los cristianos en lo más hondo de su contextura espiritual. «Vivamos sobria, jus– ta y piadosamente en el presente tiempo - decía S. Pa– blo a su discí¡;¡ulo Tito -, aguardando la realización de la bienaventurada esperanza y la venida gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo» (II, 13). Ciertamente, la feliz recordación de Cristo Niño no podía separarse de la saludable expectación de Cristo Juez. La segunda venida habría de poner glorioso remate a la obra comenzada en la primera; y el día de Belén, ya vi– vido por los hombres, miraba muy de frente al «último día de los tiempos», que aún estaba por vivir. Francisco Campo, por primera vez en su vida, fue comprendiendo bastante bien todas estas cosas. El espíritu con que debía recorrerse el Adviento lo recordó también «Avanzadilla» en uno de sus famosos re– cuadros: -+70 «A los cristianos, sumidos comúnmente en peligro– so letargo espiritual, se les repite con insistencia en este comienzo del Adviento el vigoroso apóstrofe de San Pablo: «Hermanos: YA ES HORA DE QUE DESPERTE– MOS DEL SUEÑO, pues ahora tenemos más cerca la salvación que cuando recibimos la fe. La noche está avanzada, se viene ya el día: desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos de las ar– mas de la luz. Andemos como de día: honestamente,
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