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quienes supondrá una pena terrible... ¡Qué luchas, qué ago– nías, sólo conocidas de Dios y de nuestra Madre Inmacu– lada! Ayúdame un poco con tus oraciones. »Me ha llamado el Señor cuando yo más ilusiones te– nía, y quiero corresponder bien. Pídele que me cueste mu– cho todo, pues así le más. Lo que cuesta es lo que vale, y yo tengo ya la pretensión de llegar a ser santa. Me abrazaré a su Cruz muy fuerte y no me separaré nun– ca de ella; así, aunque viva y muera lejos, separada de todos los que amo, nunca estaré sola. Con mi crucifijo de misionera entre las manos podré repetir siempre aquellas palabras: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta». »Contéstame pronto. Un abrazo, con muchísimo cari– ño, de tu Rosa María» Anita tuvo para estar emocionada durante largos días. Las más bellas páginas de sus libros espirituales no ha– bían llegado nunca a dejarla tan conmovida corno aquella carta, que desvelaba de golpe la mejor intimidad de una chica como ella. Por primera vez en su vida, Francisco Campo estaba «viviendo» el espíritu litúrgico de Adviento. Despertó su atención hacia dicho espíritu una relampagueante llama– da de «Avanzadilla», y luego, la reposada lectura de su misal fue acabando la obra. «Avanzadilla» había puesto en la primera página de su número 17: «CRISTO VENDRA POR SEGUNDA VEZ AL MUN– DO, a pesar de todos los que no creen en esa segun– da venida; a pesar de los que viven como si nunca hubiera de realizarse». Seguían después los tremendos versículos del Evan– gelio de San Mateo, cap. XXIV: «Como el relámpago salta de pronto en el Oriente y en un segundo llega hasta el Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre ... Plañirán todas las razas de la tie– rra y verán al Hijo del Hombre llegar sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad... » Francisco Campo nunca había reparado en la conexión 469

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