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Aquel mes de la Virgen me trajo mucha luz. Pero yo no quería tanta claridad... ¡Era horrible verme llamada a renunciar a mis sueños de felicidad, en el punto en que más hermosos y seguros me parecían! Sin embargo - y tú ya sabes que nunca fui muy rezadora -, intensifiqué mi vida de piedad, comencé a hacer meditación, y, cosa que nunca me hubiera imaginado, frecuentemente en aque– llos ratos de soledad con Dios ilegaba a sentir una dicha extraña, inexplicable. Me parecía entonces que todo lo del mundo era hueco, sin sustancia, sin altura... Con todo, yo no acababa de entregarme. ¿No podía amar también mucho a Dios, sin necesidad de hacerme monja y misio– nera? Las monjas me eran poco simpáticas desde mis días de colegio. »Mas llegó el verano, y todo aquello de la vocación pareció desvanecerse. Veraneé por varios lugares... ; lo pasaba estupendamente... , ¡y con el novio !, que me pa– recía mejor partido que nunca. Llegué casi a convencerme de que todo aquello del convento y los leprosos no había si– do más que una estúpida pesadilla. »El otoño se me ha pasado sin darme cuenta, y he aquí lo que me acaba de ocurrir: hace dos días, el día 12, fiesta de la Virgen de Guadalupe, hacia las diez de la noche, yo me encontraba ya en la cama, y para hacer sue– ño se me ocurrió echar mano del calendario misional : una hoja, otra... De pronto me quedo leyendo algo: «Si quieres, puedes venir... Te dice el Señor: VEN Y SIGVE– ME. Yo quiero que tú seas mi misionera». ¿Estaba aque– llo escrito allí o fue alucinación de mis ojos? No sabría decirlo; pero en mi alma sonaba clarísima la llamada de Dios. No hizo falta más: dejé de leer y di un salto en la cama. Arrodillada y emocionadísima, dije: JESVS MIO... SERE TVYA... TE SEGVIRE. Cogí mi crucifijo y lo cu– brí de besos, y de lágrimas, y... de promesas. »Eso fue todo. Ya ves qué cosa más sencilla. ¿No te asombra que en tan pocos segundos se decida tan radi– calmente el destino de una persona? »Ahora estoy comenzando lo más difícil: dar los pasos necesarios para que sea efectivo el renunciamiento a to– do. No puedes imaginarte cuánto sufro; pero hay que ser generosas con Jesús: se da todo o nada. Ya le he escrito a «él»... Tengo que decírselo también a mis padres, para 468

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