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de encontrar unas mesas llenas de pastas y pasteles con sus correspondientes botellas de vino generoso. En me– dio de la más fraternal y franciscana alegría se fue dando cuenta de todo aquello... Y ;odos, al acostarse aquella noche, se dieron cuenta de que habían pasado tal vez el más hermoso « día de la Inmaculada» de toda su vida. IV Pocas fechas más tarde, Anita, simpática joven tercia– ria, recibía una carta de su amiga Rosa María de los An– geles, que estaba pasando con su familia una temporada en la finca que tenían por Extremadura. (Rosa María era la muchacha que se había «puesto de largo» en las últi– mas fiestas de San Juan, y que estaba encontrando dema– siadas «rosas» y facilidades en su camino). « Queridísima Anita: »Eres la amiga a quien más quiero, y vas a ser la pri– mera en saber el gran secreto que me llena el alma. Pro– bablemente te asombrarás... »Mira: por fin ha hecho explosión algo que hace al– gún tiempo bullía en mí, y que nadie, juzgando por las apariencias de mi vida, hubiera podido imaginarse. ¡ VOY A SER MONJA! El amor de Jesús acaba de triunfar en mí. Ha triunfado plenamente sobre todo otro amor. ¡ SE- . RE TODA SUYA! Y por El me consagraré de lleno a las almas... ¿Dónde? ¿Cómo? Donde Jesús quiera, donde más gloria pueda darle. Quizá en la India, y tal vez entre le– prosos. ,,¿Qué dices? Me parece ver tu simpática cara, expre– sando el mayor asombro: «Pero ¿es posible? ¿Es posible que Rosa María, tan alegre, tan presumida, tan vanidosi– lla, tan feliz entre sus admiradores y amigos...? Bueno; es como para quedarse con la boca abierta una semana. ¡ Pe– ro si además tenía novio formal y parecía tan entusiasma– da con él!» »¿Es posible? ¿Es posible? Eso mismo me pregunto 466

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