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siones inmorales para no manchar vuestra alma, primero, y también por no ayudar con vuestro dinero a los empre– sarios del vicio? Sí, prometemos. - No vayáis nunca a lugares donde vuestro ángel custodio haya de estar con el rostro cubierto por las alas. »¿Prometéis esforzaros siempre, dondequiera que os encontréis, por ser los mejores en el cumplimiento del propio deber y los más ejemplares en la práctica de la vida cristiana? - Sí, prometemos. - Tened siempre en cuenta que, como quería San Francisco, es por el ejemplo principalmente como llega– réis a ser luz del mundo y sal de la tierra. »¿Prometéis, vosotras, jóvenes, vestir siempre confor– me al sentido de la modestia cristiana y siguiendo las nor– mas de la autoridad de la Iglesia? - Sí, prometemos. - No olvidéis nunca, queridas terciarias, que sois tem- plo de Dios... , y que habéis siempre de «arreglaros» de manera que podáis estar sin rubor en presencia de vues– tro Jesús. El auditorio todo seguía con emocionado silencio aquel diálogo de promesas y consignas. Acabado que hubo, sonaron unas notas de introduc– ción en el armonio, y docenas de gargantas juveniles rompieron a cantar, pero de veras: «Consagro a Vos, dulcísima María, mi corazón, mi amor, todo mi ser. Al buen Jesús prometo en este día no más pecar y al mundo aborrecer». Bajo las vibrantes notas de tal cántico empezó el des– file para el beso de las banderas... Y acabó todo... Pero la gente parecía no tener ganas de salir del templo. Aquella hora y media que acababan de vivir, era de las que no pueden comprarse con todo el oro del mundo. El P. Fidel había preparado a ocultas un sencillo «fin de jornada». Hizo pasar al salón a ambas Juventudes, con los pequeños Cordígeros, y les dio a todos la sorpresa 30. - Témporas ... 465

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