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no habria obrado bastante alocadamente en todo aquello de la víspera... Tenía dentro como una vaga sensación de que su proceder merecía bien pocas alabanzas. Fue, tan pronto como pudo, a estar con su confesor; le refirió sinceramente todo..., y se encontró con una amo– nestación severa, quizá demasiado severa: - No un par de bofetadas, cuatro te hubieran esta– do bien por tu comportamiento. Has obrado con me– nos juicio que si tuvieras nueve años. ¡Tanto misterio y tanto teatro, para salir luego con algo que él pudo va– lorar muy justamente como una punzante tomadura de pelo! ¿Crees que él admite ese tu raro enamoramiento? Lo que pensará es que no estás bien de la cabeza, o que sólo buscabas burlarte despiadadamente de él. Mira, Jose– fina: tú no estás enamorada de la soledad, que la soledad por sí sola no tiene encantos suficientes para producir enamoramientos; lo que te pasa es que estás sintiendo la poderosa atracción ele Alguien que quiere a las almas «en soledad» para comunicarse más amorosamente con ellas... ,,Pero lo que menos me ha gustado de todo cuanto hiciste, fue aquel insistir tuyo en iros a un lugar aparta– do, sin gente y sin luz. ¿Qué necesidad había de ello para decir lo que tenías que decir? ¿No sospechabas siquiera lo peligroso que era aquel juego? ¡ Qué cosas se le ocurri– rían de momento al muchacho! Cualquiera en su lugar hubiera podido pensar ele ti cosas muy malas. ¡ Josefina, Josefina l ¡Cuánto tienes que aprender aún l ¡Menos mal que ante Dios siempre te salva tu falta de malicia!» Josefina abrió los ojos con la reprensión del Padre. Se humilló, muy arrepentida; y aquella tarde hubo lágri– mas ante el Sagrario de San Francisco. II I Ya no faltaba mucho para la fiesta de la Inmaculada. Desde hacía tiempo estaba decidido el P. Fidel a lograr que tal fiesta alcanzase entre sus terciarios el esplendor que debía tener en el seno de toda Orden franciscana. No podía consentir que la Hermandad de León, por la sola 459

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