BCCCAP00000000000000000000393
- Pues yo no tengo nada que decir. ¡Adiós ! Y le dejó plantado. Pero el muchacho era terco. Días y días anduvo otra vez persiguiéndola..., hasta que logró atraparla en una bue– na ocasión. Josefina sabía de sobra que aquel joven esta– ba enamorado de veras, que era «un excelente partido», que estaba dispuesto a casarse en seguida, y que hasta po– día ya ofrecerle solucionada la gran cuestión del día: en– contrar casa; pero Josefina tenía serios motivos para du– dar de que fuera el matrimonio la senda escogida por Dios para ella (ya casi estaba segura de que no). El venía ahora decidido : - Tenemos que acabar de una vez. Ya estoy harto de que te diviertas jugando conmigo. - Yo no veo el juego por ninguna parte. ¿Acaso te he prometido algo alguna vez? Si no te mandé a paseo desde el primer día, fue por... ¡qué sé yo! Tú has sido quien se empeñó en perseguirme. - Pero es que tú... Ya sé que me desprecias... - Estás equivocado, amigo. No tengo motivos para despreciarte, y, además, sería muy poco cristiana si lo hi– ciera. - ¿Será entonces que no puedes olvidar lo del beso en el cine? - Muy mal te portaste entonces; pero, en fin, con el tiempo todos los disgustos se van pasando. No soy ren– corosa... ¿No comprendes que puede haber otros motivos? que una chica está obligada a aceptar a un muchacho que la quiera, sólo por el hecho de que no tenga nada con– tra él? ¿No podemos nosotras decidir libremente nuestros destinos? - Josefina: siempre te he encontrado un poco rara, fuera de lo normal..., como si tuvieras un gran secreto que obliga a obrar de un modo extraño, incomprensible... Josefina dudó unos instantes. Luego dijo: - Pues sí; tengo un gran secreto. Pero a ti no te im– porta. - ¡ Ya me parecía a mí ! Me lo vas a decir hoy mismo. - Si quiero. Mi secreto es cosa exclusivamente mía. Nadie puede exigirme que se lo diga. - ¡Yo, sí! Hemos de acabar de una vez. - Tú tampoco tienes derecho a saberlo; pero lo sa- 457
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NDA3MTIz