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do se vería libre de todas aquellas pequeñas miserias? A veces sentía su espíritu abatido por el desánimo. Pero con mayor frecuencia todas sus faltillas o descuidos ser– vían tan sólo para humillarla saludablemente y hacerlo comprender a lo vivo que por sí sola podía muy poco. Su confianza en Dios crecía entonces..., acordándose de lo que le había dicho el P. Fidel hacía unos meses, cuando ella había exclamado: «¡No puedo ni soñar con ser santa! Tengo demasiadas miserias. Si Dios quiere que yo sea san– ta, tendrá El que hacerlo todo». « ¡Magnífico ! El lo hará todo; pero sólo en el caso de que tú le dejes obrar» - había replicado el Padre. Ella estaba haciendo lo posible por dejarle obrar... ; así que había motivos para la esperanza, a pesar de todas sus flaquezas. Animábala también, y no poco, algo que ha– bía leído en una estampa de Santa Teresita: «Porque era débil y pequeria, el Señor se bajó hasta mí, instruyéndome suavemente en los secretos de su amor». Ella también es– taba aceptando de buen grado su debilidad y espiritual, las humillaciones de su miseria... : ¿no tenía derecho a esperar que Jesús se inclinara, amorosamente, para ayudarla en sus pobres tentativas de subir hasta El? Mas no sólo había en su vivir pequeños descuidos, fal– tillas cometidas sin plena deliberación. Todavía, aunque rarísimas veces, incurría Josefina en alguna de sus famo– sas «inconsciencias», en su «hacer sin pensar» cosas que podían traer consecuencias o situaciones bastante desagra– dables, y acerca de las cuales sólo cuando ya no tenían re– medio se daba cuenta de que estaban mal hechas. A los pocos días de regresar a León desde Madrid se encontró de nuevo con el muchacho aquel, amigo de la familia, que se había atrevido en una ocasión a besarla por sorpresa en el cine. Trató de rehuirle abiertamente, mas no lo consiguió ; y por no echar a correr en la calle, tuvo que aguantar de nuevo su fogoso hablar, sus protes– tas de quererla en el mejor plan en que se puede querer a una chica... Josefina le dejó hablar cuanto quiso; y al fin le contestó secamente: - ¿Has terminado ya? No me has dicho nada nuevo; todo eso me lo sabía yo de memoria. - No trataba de decirte nada nuevo; lo que yo quiero es saber qué dices tú a todo eso. 456

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