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acción de gracias. Casi igual tiempo dedicaba al Señor por la tarde... , sencillamente colocada en un banco, lo más cerca posible del Sagrario. Su oración no era la de rezar y rezar vocalmente, hasta cansarse; su oración era un amoroso «estarse con El»: tan pronto le hablaba, le decía cosas con la mayor ingenuidad, corno se le quedaba mirando con los ojos del alma, sumida toda ella en un feliz silencio. La oración de Josefina pasaba por frecuentes alter– nativas: unos días era fatigosa, que exigía de ella no poco esfuerzo para concentrarse y hacer algo; y otros días era... deliciosa: de arriba se lo daban casi todo hecho. Esto úl– timo ocmTía cuando el Señor «estaba más comunicativo», corno si tuviese sus delicias en estar con ella. Pero otros días «estaba algo raro y como lejano", ocultándose tras una gruesa cortina de silencio... Entonces la oración re– sultaba poco grata, y Josefina tenía que recurrir a la ayuda de algún libro y luchar denodadamente contra el aburri– miento o las distracciones. Lo pasara bien o mal, ella tra– taba de mantenerse fiel, pues quería mostrar al Señor que le buscaba por El mismo, no por sus favores o regalos. Los buenos efectos de la oración íbanse notando en las menudas cosillas u ocasiones del vivir de cada día. Josefina dominaba mejor que antes el genio, tenía más espíritu de sacrificio, se esforzaba por llegar a una mayor abnegación de su amor propio, a una mayor amabilidad con los demás... No podía dudarse: en su invisible jardín se abrían con profusión las flores, se abrían para Dios, y podía ya, en cierto grado, aplicársele el bello texto del Cantar de los Cantares que San Juan de la Cruz tradujo así a verso castellano: «Detente, , cierzo muerto; ven, austro, que recuerdas los amores, aspira por mi huerto, y corran sus olores, y pastará el rimado entre las flores». Mas no todo eran flores en el huerto espiritual de Jo– sefina; cuando menos lo esperaba aparecían rápidos bro– tes de ortigas y cardos. Casi cada jornada le traía nuevas experiencias de que la perfección no se conquista en cua– tro días, por mucho empeño que se ponga en ello... ¿Cuán, 455

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