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quiera de dar las migajas de sus diarios banquetes al men– digo Lázaro - y fue sepultado en el infierno» (Luc. XVI, 22). «Los avaros no poseerán el Reino de Dios" (San Pablo, en la misma carta a los de Corinto). «Con la medida con que midiereis, seréis medidos" (Mat. VI, 2). Al lado de estos toques de atención a ciertos católicos demasiado «inconscientes», había también lo suyo para cierto escritor que se estaba asegurando buena fama co– mo novelista: «Camilo José Cela escribe bien, ¿quién lo duda? Es - digamos también nosotros alguna frase hecha - uno de los más auténticos valores de la actual novela española. »Pero Camilo José Cela tiene frecuentes deslices... Sos– pechamos que es de esos escritores - tan viejos y tan de cada día - que juzgan carente de interés una novela si en ella no se ofrece, con más o menos maestría, cierta cantidad de indecencias. »Desde luego, en su nuevo Lazarillo - Nuevas andan– zas y desventuras de Lazaríllo de Tormes - las indecen– cias abundan. Basta leer el tratado prímero: «Donde yo, Lázaro, cuento cómo pienso que vine al mundo y dónde y de quiénes»... Pero, Señor, ¡ qué afán de exhibir con recua– dros literarios cosas tan viejas y tan vulgares como los adulterios y las prostituciones y demás variedades de la lujuria! »Séanos permitido consignar aquí nuestro dolorido sentir porque hombres del valer de Camilo José Cela arras– tren de mala manera su talento... »Y con nuestro sentimiento, una airada protesta. Cla– mamos airadamente contra los que utilizan su pluma para manchar almas ; clama contra ellos más que nadie la san– gre de Aquel que murió por salvar a los mismos que ellos se empeñan en hundir. »La justicia eterna sabrá imponerse algún día. ¡ Qm~ no lo dude nadie! Y mientras tanto, sepan tales escrítores que no tienen nada de geniales porque sepan meter su pluma entre la basura. Eso lo sabe hacer cualquiera, con más o menos gracia. «Con el nombre de naturalismo - escribió Ostwald Spengler en «Años decisivos» - nacieron una li– teratura y una pintura paupérrimas, que elevaron la sucie– dad a la categoría de atractivo estético, y el pensar y sen– tir ordinario, de hombres ordinarios, a la de una concep- 453
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