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»Nosotros encontramos frecuentemente por ahí «da– mas» y «caballeros» muy píos, honorables, y tal, que no ce– san de clamar con ardiente celo - y en esto hacen bien - contra la inmoralidad reinante, y la desvergüenza de los jóvenes de hoy... Pero este celo por el sexto mandamiento, que prohibe los ilegítimos desahogos de la carne, ¿lo tie– nen también por otros mandamientos, que son de tanta obligación? Que se examinen acerca del séptimo, el cual pro– hibe perjudicar al prójimo en las cosas materiales... Que se examinen también acerca del «supermandamiento» - el más inculcado y querido dt.! Jesús -, que nos obliga a amar al prójimo como a nosotros mismos, más aún: co– mo El, Cristo, nos amó. »Frecuentemente, esas damas y caballeros tan píos y tan celosos de la honestidad, pagan a sus obreros, o empleados, o muchachas de servicio, unos salarios de hambre, y en sus industrias o comercios venden las mercancías a precios abusivos, o «colocan» con engaño a la clientela productos averiados o de pésima calidad... Proceder así, ¿no es un claro saquear la bolsa a centenares de prójimos? Dejémo– nos de eufemismos, de palabras suaves, y llamemos a las cosas por sus nombres. Quienes hacen lo anteriormente di– cho, con toda su piedad, su honorabilidad y su celo, a los ojos de Dios no son más que unos vulgares ladrones. »Otros, demasiado bien instalados y acomodados en la vida, no roban; pero no cumplen suficientemente con el deber sacratísimo de la caridad: ni aman de veras al pró– jimo, ni le socorren en sus necesidades, ni se toman la más pequeña molestia por él. »Para los primeros y para los segundos tiene su pala– bra eterna la Escritura: »Los ladrones - y hay bastantes negocios de industria– les y procederes de abogados, médicos, etc., que se pare– cen demasiado a latrocinios bien montados -, «los la– drones no alcanzarán el reino de Dios» (San Pablo, en su primera carta a los de Corinto, VI, 10). «Os habéis ateso– rado ira para los días postreros. Sabed que el jornal que no pagasteis a los trabajadores... está clamando contra vosotros y su clamor ha penetrado en los oídos del Sefior de los Ejércitos» (Santiago el Menor, en su Epístola Cató– lica, V, 3-4). »Murió el rico - el epulón que no se preocupaba si- 452

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