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«¿Quién como Tú, Dios nuestro? Tú reinas y Tú imperas: aquí te siente el alma, la fe te adora aquí; Seiíor de los ejércitos: bendice tus banderas; Amor de los que triunfan: condúcelas a Ti». Las jóvenes terciarias tuvieron como preparación a la fiesta una devo tísima Vigilia de adoración nocturna en el colegio de las MM. Carmelitas de la Caridad, a semejanza de lo que ya habían hecho para Pentecostés y en la Noche– vieja precedente. «Avanzadilla», al dar luego una breve in– formación sobre la Vigilia, decía así: «Lo hermosas que son, espiritualmente, estas noches de adoración y vela, só– lo pueden conocerlo quienes tienen la generosidad de asis– tir a ellas. Nuestras jóvenes terciarias están satisfechísi– mas de haber sido las primeras (y hasta ahora las únicas) en organizar estos cultos eucarísticos que tan contento de– ben de poner a Jesús». Para los chicos se tuvo pocos días antes de la festi– vidad un día de retiro. Aunque más que de « día» hubiese estado mejor hablar de «rato» de retiro espiritual, pues no se podía hacer otra cosa. En tales circunstancias era cuando el P. Fidel más echaba de menos un local donde poder moverse con el debido orden e independencia. En la gran iglesía del convento, abierta a todos de la ma:íiana a la noche, y utilizada también por la comunidad para sus propios actos, los del retiro tenían que andar corno jugan– do al escondite, y nunca salían del todo bien las cosas. Este retiro de Cristo Rey ni había sido ni sería el úni– co. Ya se habían celebrado algunos más, tanto para «ellos» corno para «ellas». Y con el nuevo curso, el P. Fidel, echán– dose un trabajo más a su ya bien copiosa tarea, estaba empeñado en regularizar la celebración de tales retiros, te– niéndolos todos los meses. No olvidaba nunca que el sacar fervorosos cristianos de aquellas almas juveniles era el fin primordial de todas sus actividades. A todos había que lle– varlos a la vida eterna; pero la vida eterna tiene ya su co– mienzo en esta vida breve, según lo dicho por Jesús : «Esta es la vida eterna: que te conozcan a Ti, Padre, el solo Dios verdadero, y a quien Tú has enviado: Jesucris– to» (Juan, XVII, 3). Por eso, la mayor alegría del P. Fidel de Peñacorada no estaba en los actos externamente solernnísirnos, ni en 445

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