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por mostrar que, en efecto, conoce la Historia Sagrada. »- Pero la paloma - dice su tío - no halló lugar lim– pio y seco donde posarse, y volvió al arca. ¿Te acuerdas? »- Sí. Pero eso no lo he aprendido en la sinagoga, si– no en mi colegio de monjas. ¿Por qué me lo cuenta? »- Tú también has salido del arca, y no hallas dón– de asentarte. Si fueras como el cuervo, que encontró sus delicias en la carne putrefacta, ya no volverías nunca; pero te pareces a la paloma, y un día tú volverás». Carmen escuchaba conmovida, aunque su conmoción apenas tuviese expresión externa, pues estaba acostumbra– da a disimular mucho sus verdaderos sentimientos. Todo aquello le había llegado al corazón. - Lo que Adalid decía a su sobrina - añadió el P. Fidel - te lo aplico yo a ti, María del Carmen. También tú, desgraciadamente, has abandonado el arca... , y no en– cuentras sosiego. Es que, a pesar de todo, a pesar tuyo quizá, hay en ti más de paloma que de cuervo; y por eso, yo espero que algún día me llegue una carta tuya con la noticia de tu retorno... »Que sea estF\ esperanza lo mejor de nuestra despedí- da. »¡Adiós! Hasta cuando Dios quiera. »Yo no olvidaré mi promesa de tenerte a diario pre– sente en mis oraciones. IV El domingo que empezó a tratarse del tema de la cas– tidad, estaban presentes casi todos los muchachos de la Sección; y además, Francisco Campo. El P. Fidel planteó dicho tema serenamente; pero no dejaba de sentir en su interior cierto desasosiego... Era un tema delicado, difícil, con no pocos aspectos desagradables. Y tratado en públi– co, resultaba más escabroso todavía. Los muchachos comprendían, sin excepción, la im– portancia y necesidad del tema; mas no todos se encon– traban frente a él con la misma disposición de ánimo. Al- 439
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