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estaban haciendo, con mayor o 1nenor descaro, otras mu– chas... Una mañana en que el soplo del mal espíritu agi– taba con mayor violencia su alma, llegó ella hasta a concer– tarse con el fulano sobre la hora y lugar en que se verían por la tarde... Mas por la tarde, a medida que se acercaba la hora, iba apoderándose de ella un desasosiego, un ner– viosismo, que no la dejaba parar. Y salió de casa, sí; pero no en dirección a donde la esperaban, sino en busca de una a quien, naturalmente, nada dijo de cuanto le ocurría; y luego fue a recalar en la portería del conven– to de San Francisco : quería escuchar de nuevo palabras espirituales, palabras de luz, palabras confortadoras. No fue aquélla su única peligrosa aventura. Casi todas las semanas le salía algún enamoradizo pretendiente, que juzgándola por las apariencias, o algo informado de su .si– tuación, se acercaba a ella con no muy limpias intenciones, creyéndola presa fácil. Mas Carmen del Río era terrible– mente orgullosa, y aunque en teoría se burlara de la mo– ral y de los «escrúpulos», en la práctica resultaba muy distinta, pues no estaba dispuesta a consentir que alguien la fuese a tomar por «una cualquiera». Lindamente termi– naba burlándoles a todos; y a veces, sin esperar a que el Don Juan se quitase la careta, pues era demasiado lista para no ver pronto las intenciones de cada uno, aunque al principio le viniesen derrochando atenciones, exquisita– mente correctos y hasta dispuestos a comentar con ella, en el plan más romántico, por la orilla del río o en algún tranquilo jardín, cualquier libro de versos que a ella le gustara mucho. Claro que en esto de dejar corridos a tan– to sospechoso pretendiente la ayudaba no poco el que no llegaba a querer de veras a ninguno de ellos, pues nin– guno acababa de gustarle plenamente; de haber llegado a enamorarse «hasta los topes» (como decían algunas), ¡ quién sabe el rumbo que hubieran tomado los cosas ! Casi todas las semanas, por aquel entonces, iba a ha– cer alguna visita al P. Fidel. Gustaba de oirle, porque su hablar parecía la voz de la verdad y de la rectitud. Sin embargo, no acababa de rendirse... Lo único que de ella pudo conseguir el Padre fue que rezara todos los días a la Santísima Virgen; «pero no respondo de cómo saldrá, pues cuando apenas se tiene fe y la cosa no brota de den– tro, es difícil orar bien». 436
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