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Y precisamente sobre su ídolo, sobre don Pío Baroja, se decidió a escribir ahora algo para «Avanzadilla». «Este senil don Pío, desordenado y simpático, ha te– nido desde siempre la linda manía de meterse con los que él cree defensores del lugar común. En todos sus libros aparece esta fobia de don Pío contra el lugar común, con– tra el tópico, sea de la clase que sea. Quizá se deba esto a que don Pío buscaba sinceramente la verdad, y, claro, la verdad suele andar lejos del tópico. »Pero he aquí que, a la postre, también el ilustre don Pío ha caído en el lugar común. Con el reciente libro de sus Memorias en la mano, hemos recordado un tanto con– fusamente toda su extensa obra escrita..., y nos hemos dado cuenta de que también él tiene su lugar común. ¡Cuánto se ha metido el escritor vasco, rebelde e indivi– dualista, contra los curas y los frailes! ¡Cuánta burla y cuánta mala intención al hablar de ellos y de sus cosas! »Ahí está el «lugar común» de don Pío. Incurriendo inexcusablemente en lo común, en lo tópico de su tiem– po, Baroja se ha mostrado siempre rabiosamente anti– clerical, que era el más común de todos los lugares comu– nes entre los hombres ilustres de su generación. »Sin embargo, nosotros, al traer su nombre a las pá– ginas de un periódico religioso y juvenil, no vamos a lan– zar una vez más contra él anatemas fulminantes. Sería esto caer en el lugar común... de la acera de enfrente. Só– lo queremos decir sobre don Pío algo perfectamente justo: »El autor de Zalacaín es un gran novelista, un gran escritor; nadie se lo puede negar, y nosotros se lo conce– demos muy cordialmente. »Pero es también - y sí que es doloroso tener que de– cirle esto a sus setenta años - un GRAN EQUIVOCADO. »Toda su vida mediocre de burgués sin grandes ambi– ciones, toda su obra rebelde, violenta a veces, tienen la marca inconfundible del error y del extravío. Ahora, ya en la senectud, Pío Baroja viene a revelamos a través de sus Memorias una vida desolada, desgraciada y triste, ensombrecida sin remedio... ¿Por qué será? ¿Cómo el so– litario de Vera no ha podido contamos la inmensa felici– dad de su vida, que parecía tan lograda lejos de Dios y de la Religión? Lo que ha puesto en nuestras manos es un libro desolador y desesperanzado. 434

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