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apostólicos, eso de tener que estar siempre «a la de– fensiva», señalando peligros en esto y en lo otro, opo– niendo pobres diques de prohibiciones y negativas al des– bordamiento múltlple de la inmoralidad vestida de fiesta». Las muchachas seguían con gran atención el discurso del P. Fidcl; y le comprendían perfectamente. ¡ Cuántas veces se habían lamentado ellas mismas de aquella situa– ción! ¿Llegaría un tiempo en que todas pudieran ir a di– vertirse donde les apeteciera, sin preocupaciones de tipo moral...? III El día 4 de octubre, fiesta de San Francisco, fue a despedirse del P. Fidel uno de sus mejores muchachos. Era Segundo Vammcias, que pertenecía también al Cen– tro Diocesano de Acción Católica. Había obtenido de la empresa en que trabajaba un buen traslado, cerca de su familia. Iba contento el hombre a su nuevo destino; guardaría siempre de León muy bue– nos recuerdos; pero de León y a su nuevo destino llevaba él una gran pena escondida, de la que ni siquiera al P. Fidel en aquel momento del adiós quiso decir una pala– bra... No haber podido conseguir el amor de María de la Gracia era la honda pena del joven. Se resignaba a la voluntad de Dios; y sentía algún consuelo pensando que seguramente ningún otro hombre sería capaz de conquistar aquel amor, pues bien claro parecía que María de la Gracia, siempre tan encantadora, iornábase sumamente esquiva cuando notaba algún cona– to de querer llevarla por caminos de intimidad o confi– dencia. Trataba amigablemente con muchos; mas parecía tener el propósito de no admitir «relaciones» con nadie. Y atendiendo a su notable vida de piedad, bien podía ima– ginarse cualquiera que terminaría eligiendo al Señor como amor único de su hermosa alma. Esto pensaba Vanuncias. Esto había pensado hasta hacía poco el mismo P. Fídel. 432
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