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y cada una de nuestras humildes existencias pueden al– canzar enorme importancia para los demás en el mundo del espíritu». Tocante al apostolado, se afirmaba con el más hermo– so dogmatismo: «Creemos que toda alma tiene una mi– sión o tarea que realizar en el mundo... Descuidar esa mi– sión, constituirá para siempre el fracaso más absoluto y estrepitoso de la vida». Concluía el editorial: «He aquí nuestro «Credo de ac– ción». Desde hoy tenemos también unas banderas que sim– bolizan ese credo... Rogamos a Dios que nos ayude a ocu– par con gallardía en torno de ellas nuestro puesto de com– bate. Siguiendo la lección de nuestro César Carlos V, cui– daremos de que la bandera ondee siempre por encima de quienes la servimos, y que ella no caiga, aunque nosotros desaparezcamos». II Las discusiones sobre el baile seguían con la mayor animación en las reuniones de las chicas. El P. Fidel fue exponiendo primeramente las opiniones de los moralistas católicos sobre la materia, e hizo ver sus fundamentos doctrinales... Las chicas no asistían cual mudas oyentes; hacían frecuentemente preguntas, pedían aclaraciones sobre algún punto, ponían objeciones... Al fin, un jueves, cuando el tema parecía ya suficien– temente discutido y estudiado, el Padre resumió así su propia sentencia: «No podernos afirmar categóricamente que siempre que se baila, se peca; pero menos puede sostenerse que el baile no tiene nada, y que todo cuanto dicen contra él los curas y los frailes es «fruto de exageraciones y escrú– pulos tontos...» »La verdad cierta, evidentísima, la tenemos en esto: que el baile, tal como se practica hoy, es, si no siempre una «ocas1on proxuna de pecado», sí siempre una diver– sión muy peligrosa, en la que «de hecho» muchos pecan. 428

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