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y austeras, con los cuadros oscuros de sus ventanas sin luz, se alzaban cual murallas de silencio. Arriba, un cielo sin nubes, bien estrellado. Llenando todo el recinto, la paz... El P. Fidel empezó a pasear muy lentamente, viviendo el encanto del lugar y de la hora. La noche acabábase de instalar cumplidamente... Como 'le hace sobre las ventanas de un gran coro monacal a la hora de la meditación, ánge– les invisibles habían corrido también sobre los horizontes del mundo unas cortinas de sombra, para que las criatu– ras, en suave penumbra, y ya todos los ruidos apagados, pudieran entregarse a la oración de la noche. Poco a poco, sobre el tejado del ala oriental del con– vento se iba alzando una hermosa luna. El P. Fidel la con– templó con embeleso. Sus claridades lo envolvían todo con inexplicable suavidad. Aquellas claridades parecían ir de puntillas por las cosas, cual si temieran distraer su aten– ción... Terminó acordándose de la Virgen de quien canta nuestra Liturgia que es «hermosa como la luna»... Y le vino también el recuerdo de su «hora del desa– liento», de aquella noche de abatimiento que había caído sobre su alma al inaugurarse septiembre, poco antes de que los viñedos estuviesen a punto de vendimia y cuando ya las golondrinas preparaban su viaje hacia «el dorado me– diodía»... Tenía motivos para estar agradecido a la Virgen, y muy agradecido al Señor: «Si no fuera por Ti, aquel pesimismo que en otros tiempos fue hasta mi desvelo hubiérame arrastrado hacia el abismo. Mas hoy, Sefíor, ya veo en cada cosa una vislumbre del amor del cielo: si trina el ave o se abre alguna rosa». (DIEGO IGNACIO GRANT). 423
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