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más... Por otra parte, ¿qué iba a hacer el veterinario sin mí? »Sí, Padre, sí; puede usted reírse cuanto guste; pero ésta es la verdad, que no quiere olvidarme. Mientras yo estaba de veraneo, él se encontró un día con mi hermana en León y le dijo (palabras textuales), que «no podía vivir sin mí, a pesar de ser yo una chica que no sentía ni pa– decía». »Eso de que no siento ni padezco ¡se lo cree él! Si le fuera posible ver cómo yo siento, quiero y sufro, quedaría seguramente asombrado. ¿No le parece a usted?» Sí; al P. Fidcl le parecía eso y mucho más, pues le ha– bía sido dado conocer bastante a fondo el corazón de tan singular criatura. Aquella carta le dejó cierto regusto de suave tristeza: «la fiebre va minando sin remedio mi pobre organismo»... ¿Sería verdad que estaba ya para volar pronto hacia la al– tura? En Francisco Campo se iba operando, aunque no muy de prisa, una gran evolución espiritual. Su madre y herma– na lo notaban claramente, y no cesaban de agradacer a Dios tan insigne, tan pedido y esperado beneficio. El muchacho había vuelto a confesarse... Y con ello se iba clarificando de tal manera su alma, que hasta en sus menudas expresiones externas podía señalarse fácilmente el cambio. Ya no era la pesadilla del hogar con su rudeza y sus desplantes; la sombra ·casi constante de su ceñudo malhumor había desaparecido; había otra luz en su mira– da; ya no protestaba de todo; estaba a punto de ser so– briamente cariñoso, y hasta empezaba a tener «detalles» que consolaban no poco a aquellas dos buenísimas muje– res que tanto habían sufrido por su causa durante unos cuantos afi.os . Ya no se le veía con ciertas compafüas; cumplía mejor con su trabajo... ; y no se marchaba a su cuarto cuando la madre y hermana sacaban el rosario al fin de cada jorna– da... En cuanto a sus deberes religiosos, empezó yendo a la «misa de hombres», que se tenía a las doce de la mafi.a– na en San Francisco todos los días de precepto. Luego, ya 418

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