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Sabía él que nuestro espíritu no puede aquietarse ple– namente a base sólo de puras explicaciones racionales de Filosofía y Teología, cuando se trata de la existencia de ciertos males en el mundo, o lo que es lo mismo, de su permisión por parte de Dios. Sumariamente dio a la mu– chacha tales explicaciones; pero... - No te he dejado muy convencida, ¿verdad? - Pues no. Nada se me ocurre contra lo que ha di- cho; mas con ello sólo, dudo que alguien llegue a quedar de veras satisfecho. - Me lo suponía... Mira: para que Dios permita o disponga ciertas «incomprensibles» cosas en el mundo, tie– nen que darse muy altas razones ; unas se nos alcanzan, otras permanecen tan de lleno en la zona del más impene– trable arcano o misterio, que nuestra mente nada puede conseguir en su afán inquisitivo. De aquí el desconcierto que nos invade ante no pocos sucesos de la vida. La razón no sabe qué decir... »En última instancia, hemos de renunciar a «saber» para encontrar descanso en el «creer» y «confiar». Nunca aquí abajo llegaremos a entender perfectamente los ca– minos de Dios; pero nos sobran razones para estar con– vencidos de que todo tiene su porqué, y que algún día así lo veremos en la más radiante luz. «¡Oh profundidad de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! - excla– maba San Pablo (Rom., XI, 33) - ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!" El es quien dis– pone que marchemos frecuentemente a oscuras por la vi– da, para que no nos falten altas ocasiones de merecer. Pues ¿qué mérito tendría nuestro «ceer en El», nuestro «confiarnos a El», si todo apareciera clarísimo y justifica– do ante nuestros ojos? »Estamos rodeados de misterios por todas partes... Unicarnente las doctrinas católicas sobre el pecado origi– nal, el sentido y transitoriedad de la presente vida, la acción expiatoria y santificadora del sufrimiento, etc., pueden co– municarnos la necesaria luz. Luego, sólo queda el dejamos en las manos de Dios. Sabemos - y esto sí que es demos– trable en forma directa - que El es infinitamente bueno y poderoso, que nos arna sin límites, y que en todo obra sa– pientísirnamente: ¿puede darse cosa más puesta en razón que el confiarnos del todo a El? Llegará un día en que 413

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